jueves, 7 de julio de 2011


EL RITMO OCULTO DE LA EVOLUCIÓN
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POR
JOSÉ DÍEZ FAIXAT 
TRADUCCIÓN AL INGLÉS: RAQUEL TORRENT GUERRERO
Montaje y gráficos: César del Val


A
SRI AUROBINDO
PIERRE TEILHARD DE CHARDIN
ERVIN LASZLO
PETER RUSSELL
KEN WILBER




RESUMEN:

Este artículo desvela, de forma sorprendente, la existencia de un ritmo espiral muy preciso en la emergencia de los saltos evolutivos que jalonan, cuánticamente, la historia universal.

La hipótesis que planteamos es muy sencilla: al igual que, en cualquier instrumento musical, los sucesivos segundos armónicos (1/3 de la unidad vibrante) van generando las novedades sonoras, en el conjunto de la dinámica universal, esos mismos segundos armónicos son los generadores de todas las grandes novedades evolutivas. Resulta realmente sorprendente que una propuesta tan simple, tenga la precisión y rotundidad que encontramos al cotejarla con los datos históricos. Veamos.

Ajustando nuestra “tabla periódica” de ritmos con las fechas de aparición de la materia —Big Bang— y de la vida orgánica, observamos que se van marcando, con una precisión absoluta, todos los momentos de surgimiento de los sucesivos grados taxonómicos de la filogenia humana: ¡Reino: animal, Filum: cordado, Clase: mamífero, Orden: primate, Superfamilia: hominoide, Familia: homínido y Género: homo! Y, a continuación, sucede lo propio con todas las fases de maduración de nuestros primitivos ancestros: ¡h. hábilis, h. erectus, arcaico h. sapiens, h. sapiens y h. sapiens sapiens! Y, una vez más, se vuelve a repetir la precisión de nuestra hipótesis con las sucesivas transformaciones vividas por la humanidad en su historia más reciente: ¡Neolítico, Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y la emergente Edad Posmoderna! Si, tal como vemos, todas estas etapas se ajustan de forma rotunda con las previsiones de la “tabla periódica” de ritmos que hemos planteado, resulta más que probable que nuestra hipótesis puede darnos también la clave para vislumbrar las sucesivas fases que se desplegarán, en los próximos años, en un proceso progresivamente acelerado que habrá de conducir, finalmente, hacia un instante de creatividad infinita —Omega— dentro de un par de siglos.

Todo esto es, en verdad, inesperado y sorprendente, pero resulta ya prácticamente definitivo cuando comprobamos que la misma hipótesis que se ha comportado con total precisión al aplicarla al proceso de la evolución global, ¡hace lo propio al cotejarla con el proceso de desarrollo del ser humano individual!: en la misma trama temporal, con idéntica pauta de despliegue y repliegue, y atravesando las mismas etapas, nuestra “tabla periódica” de ritmos va marcando, puntualmente, paso a paso, las sucesivas fases de las que nos hablan los embriólogos, los psicólogos del desarrollo y los maestros espirituales, confirmando, así, la vieja idea del paralelismo filogenético-ontogenético, y apuntando, de forma muy concreta, hacia un sorprendente universo fractal y holográfico.


Resulta imposible, absolutamente imposible, que todo este cúmulo de “casualidades” encadenadas que se ponen de manifiesto en este trabajo —tanto en el ámbito de la evolución global, como en el del desarrollo humano individual— sea producto del mero azar. Las conclusiones que se desprenden de todo esto chocan, frontalmente, con muchas premisas de la ciencia materialista dominante. Nuestra propuesta, que se ajusta más a los datos presentados, apunta hacia la no-dualidad de la energía y la consciencia, tal como plantean muchas tradiciones de sabiduría. Desde aquí, se invita a todos los lectores a participar en esta emergente investigación, vivencial y teórica, en la que se vislumbran deslumbrantes perspectivas.


Palabras clave: Crisis darwinismo, nuevo paradigma integral, hipótesis alternativa, tabla periódica, evolución espiral divergente-convergente, ritmo acelerado, teleología, punto omega, armónicos musicales, ondas estacionarias, saltos cuánticos, discontinuidades evolutivas, tiempo fractal, universo holográfico, macrocosmos (paleontología, antropología, historia), microcosmos (embriología, psicología del desarrollo), paralelismo ontogenia-filogenia, espectro energía-conciencia, chakras, filosofía perenne, no-dualidad.


¡Hola a todos!

Desde hace ya algún tiempo, vengo dándole vueltas a un asunto, que a lo largo de los años se ha ido perfilando progresivamente y que en la actualidad ha adquirido, creo, unas proporciones de coherencia y rotundidad tales que tiene visos de poder poner en muy serios aprietos a muchos “dogmas” centrales de la ciencia materialista.

Lo que en principio parecía una simple intuición caída del cielo, inocente y osada, acerca del ritmo del universo, tras sucesivas y sorprendentes comprobaciones en diferentes ámbitos de la realidad (paleontológicos, antropológicos, históricos, embriológicos, psicológicos…), se ha ido convirtiendo en toda una propuesta formal —una inesperada “tabla periódica de la evolución”— que choca frontalmente con la visión  todavía dominante acerca del funcionamiento del mundo.

Como el asunto me desborda por completo, he pensado que sería muy conveniente exponer abiertamente en la Red esta hipótesis sobre “el ritmo oculto de la evolución”, para que cualquier interesado pueda acceder a ella y efectuar sus propias investigaciones. Estoy convencido que desde muy diferentes perspectivas se podrán sacar muchas más conclusiones de las que yo he sabido atisbar en todo este tiempo. Estáis invitados.

De entrada, para poneros en situación, voy a tratar de bosquejar el panorama general en medio del cual desarrollaremos nuestra propuesta. Las cosas están cambiando.



A lo largo de las últimas décadas, la aparentemente sólida visión del mundo mecanicista y materialista ha comenzado a presentar alarmantes fisuras. Los planteamientos que hace poco más de un siglo figuraban como rigurosos y casi irrebatibles, empiezan a estar francamente en entredicho.

Se proponía un universo movido por el simple juego del azar, en progresiva degradación y orientado inexorablemente hacia la muerte térmica. Lejos de estos negros presagios, la nueva ciencia contempla, sorprendida, una fascinante creatividad en todos los ámbitos de la realidad. Una imparable corriente evolutiva, generadora de novedades, recorre toda la historia cósmica. La presunta maquina universal, condenada casi al desguace, se destapa ahora como un inusitado ser vivo, animado por una dinámica permanentemente autocreadora. Parece que la naturaleza comienza a desvelar los secretos de su intrínseca tendencia holística, que la lleva a ascender por la escalera de la complejidad organizada. Un impulso ascendente que ha ido creando, paso a paso, unidades progresivamente diferenciadas, integradas e inclusivas.

La ciencia mecanicista albergaba el sueño reduccionista de explicar el funcionamiento de las estructuras complejas partiendo, exclusivamente, de sus componentes más elementales. La nueva ciencia ha roto ese sueño al comprobar una y otra vez, en diferentes niveles de la realidad, que cada totalidad es más que la suma de sus partes. El flujo evolutivo engendra novedades que, aunque lógicamente compatibles con las estructuras precedentes, no pueden, sin embargo, ser explicadas por ellas. Se plantea, pues, un esquema dinámico y jerárquico del mundo, en el que los niveles emergentes se integran con los anteriores, generando, así,  organismos progresivamente más complejos, abarcantes y profundos. Las partículas elementales forman parte de los átomos, los átomos de las moléculas, las moléculas de las células, las células de los organismos, etcétera. El universo se muestra, pues, como una jerarquía que se extiende ilimitadamente arriba y abajo, a lo largo de toda la trayectoria evolutiva.

Por otro lado, cada uno de esos niveles de la realidad universal se encuentra estructurado por un infinito juego recíproco entre individuos y colectividades. Unos y muchos se implican mutuamente como reflejos en una malla de espejos enfrentados. No es posible un individuo sin entorno que lo englobe, ni un entorno sin individuos que lo constituyan. No cabe desgajar unidades aisladas en estas tramas universales de interconexiones e interrelaciones. Como ha demostrado la física cuántica, el alcance de estas complejas telarañas de relaciones, abarca más allá de lo humanamente concebible, trascendiendo incluso nuestros esquemas espacio-temporales. No hay “partes” realmente separadas en ningún nivel de la escala evolutiva, sino que, por el contrario, como en una placa holográfica, cada “fragmento” del mundo no es otra cosa que una expresión concreta de la única y misma totalidad. El universo comienza a mostrarse, a los ojos de la nueva ciencia, como un campo unificado que se refleja dinámicamente en cada rincón de sí mismo.

Se pretendía construir el mundo sobre el cimiento sólido y consistente de la materia, pero tampoco este viejo mito ha resistido la prueba de la experimentación. El análisis subatómico ha hecho desaparecer literalmente el suelo bajo nuestros pies. La supuestamente indestructible base material se ha diluido en puras formas, pautas, órdenes y relaciones, en un tejido que ya no es substancial sino puramente abstracto. Estamos sustentados por evanescentes formas que surgen y desaparecen vertiginosamente en un intangible vacío. Se ha llegado a decir, dentro del mundo de la ciencia, que el universo comienza a parecer más un gran pensamiento que una gran máquina.

El enfoque materialista de la ciencia clásica aspiraba también a describir el mundo “objetivamente”, marginando del panorama al “sujeto” que realizaba la descripción, pero la emergente perspectiva postmoderna ha puesto en evidencia, una vez más, la completa ingenuidad de este proyecto. Inevitablemente, la mente observadora forma parte del universo observado. No hay objeto sin sujeto, ni fuera sin dentro, ni realidad sin conciencia. Ambos términos están inextricablemente interrelacionados, y, por tanto, cualquier intento de comprensión integral del mundo fenoménico debe incluir, forzosamente, ambas facetas. La dinámica evolutiva se percibe, así, como generadora de entidades no sólo progresivamente más complejas y organizadas en su aspecto externo, sino también, simultáneamente, más profundas y conscientes en su ámbito interno. No cabe limitar nuestra visión a la superficie de las cosas, porque, aunque pretendamos ignorarlas, una y otra vez se nos harán patentes las profundidades de la lucidez.

El universo que comienza a mostrarse ante nuestra sorprendida mirada, poco tiene que ver con aquel ciego artefacto insensible, mecánico e inerte, en el cual el propio ser humano que lo imaginaba no tenía cabida. Las nuevas perspectivas que se dibujan ya no nos consideran como criaturas aberrantes en un mundo sin sentido, sino, muy al contrario, como sugerentes expresiones del flujo creativo de la totalidad, verdaderos microcosmos que reflejan con creciente diafanidad la infinita riqueza de un macrocosmos fascinante.

Nuestro trabajo de investigación sobre el ritmo de la evolución se enmarca dentro de esta novedosa perspectiva de un universo autocreativo —generador de novedades progresivamente complejas y organizadas—, jerárquico —en el que cada nuevo nivel trasciende y se integra con todos los anteriores—, holográfico —en el que cada parte refleja la totalidad—, impermanente —en una danza continua de creación y destrucción—, lúcido —capaz de conocerse a sí mismo— y vacío —sin una substancia básica que lo sostenga.

En  este nuevo panorama emergente, nuestra arriesgada propuesta de que existe una pauta armónica que marca el ritmo de la evolución ya no resulta tan chocante. Veamos.



Hoy día el mundo de la ciencia acepta, de forma unánime, el hecho evolutivo como una característica central del universo. En todas las ramas del saber humano —astrofísica, biología, psicología, sociología, etcétera— hay un completo consenso sobre el carácter dinámico y creativo de la realidad fenoménica. Sin embargo, hay discrepancias en la interpretación de los hechos.

La teoría de la evolución de Darwin se basaba fundamentalmente en las mutaciones al azar y en la supervivencia de los más aptos. El siglo pasado, hacia finales de los años 30 y principios de los 40, la “teoría sintética” ampliaba estos planteamientos con las aportaciones de la genética mendeliana y la genética de poblaciones, manteniendo como elementos explicativos básicos la mutación aleatoria y la selección natural. Esta teoría sintética gozó de una aceptación casi total durante dos o tres décadas, pero a partir de 1970 se ha comenzado a suscitar una gran oleada de controversias. Entre muchos paleontólogos, genetistas, embriólogos y taxónomos ha ido tomando cuerpo la opinión de que la teoría sintética resulta inadecuada en muchos sentidos: niegan que el factor azar sea el único padre que rija el proceso evolutivo, rechazan que la selección natural explique la aparición de nuevas especies, afirman que el registro fósil no se corresponde con el gradualismo darwinista y denuncian que la teoría no da cuenta del fenómeno de la complejidad creciente.

Los biólogos encuentran difícil comprender cómo una búsqueda, fundamentalmente al azar, entre un número elevadísimo de posibilidades, pudo tener como consecuencia la emergencia del mundo de los seres vivientes con su evidente complejidad. La evolución, tal como se conoce hoy día, no puede concebirse con las variaciones aleatorias como único material. Los organismos varían en bloque, por lo que sería preciso que se produjesen mutaciones en número gigantesco, simultáneamente, en la forma adecuada, cuando se hiciera sentir su “necesidad” y con una estrecha correlación entre ellas… ¿cómo podría ser satisfecho todo esto por el azar? Otro tanto se podría decir de la formación de cualquiera de los diferentes órganos complejos como, por ejemplo, el oído interno o el cerebro. Un problema clásico ha sido la dificultad de explicar formas intermedias en el desarrollo de adaptaciones complejas, como en el caso de los ojos. El propio Darwin confesaba que era casi absurdo imaginar el ojo evolucionando por selección.

La idea original de Darwin de que las nuevas especies aparecen gradualmente por iniciativa de la selección natural en el transcurso del tiempo, está actualmente muy en entredicho. El simple principio de la selección natural parece inadecuado para comprender y predecir todos los fenómenos evolutivos. Las  mutaciones casuales tal vez podrían explicar las variaciones dentro de una especie determinada, pero no las sucesivas variaciones entre ellas.

Mucho antes de que se conocieran las leyes de Mendel, ya se desarrollaban mediante cría selectiva distintas variedades y razas de animales domésticos y plantas. No hay razón alguna para dudar que en la naturaleza se produce un desarrollo comparable de razas y variedades bajo la influencia de la selección natural en lugar de la selección artificial. Los mecanismos de la microevolución —cambios evolutivos de poca importancia consistentes en alteraciones menores de las proporciones génicas, número de cromosomas o estructura cromosomática— pueden ser explicados por la teoría neodarwiniana en función de mutaciones aleatorias, genética mendeliana y selección natural. Pero este esquema mecanicista, que puede resultar válido a pequeña escala —dentro de una especie—, se encuentra con grandes dificultades cuando trata de dar cuenta del origen de nuevas especies —la llamada “especiación”—, y mayores aún cuando se enfrenta a la aparición de los géneros, familias o divisiones taxonómicas superiores. La macroevolución o tipogénesis —la evolución de estas categorías taxonómicas de orden superior— presenta diferencias demasiado acentuadas entre las divisiones para haber surgido por transformaciones graduales. La conclusión  parece ser que las leyes que gobiernan los procesos en gran escala —como el origen de nuevos tipos o la extinción de especies— son diferentes de las que rigen los simples procesos de adaptación al medio, yéndose de esta forma a pique las esperanzas reduccionistas de que los procesos en escala “macro” fueran deducibles, de manera inmediata, de la escala “micro”. En palabras de C. H. Waddington: “uno de los problemas fundamentales de la teoría evolutiva es comprender cómo han surgido las discontinuidades tan patentes que encontramos entre los principales grupos taxonómicos: filum, familia, especie, etcétera.”

Reina la creciente sensación de que ya no resulta posible explicar la especiación simplemente con la selección natural, e incluso algunos han llegado a afirmar que, de hecho, la selección resulta completamente ajena a la aparición de las nuevas especies. En los últimos años se ha ido viendo que la concepción gradualista de la evolución sólo era responsable de una pequeña parte del cambio evolutivo, y que las modificaciones más profundas en la evolución biológica se producen en determinados momentos de la historia de los grupos, de manera muy rápida y dando lugar a especies estables que sufren muy pocas variaciones posteriores.

El registro de fósiles consiste, fundamentalmente, en espesas capas de masa de tierra en las que unas especies dadas están uniformemente distribuidas, separadas por superficies delgadas a través de las cuales las especies cambian bruscamente en un proceso de especiación múltiple. Muchos paleontólogos creen que esta intermitente historia mostrada por los fósiles no debe ser achacada a simples lagunas en el registro, sino que básicamente exterioriza el ritmo en que ha evolucionado la vida. Por eso, muchos de ellos han comenzado a enfrentarse a la concepción clásica sobre el tempo de la evolución. La versión darwinista de un proceso lento, gradual y continuo ha ido dejando paso a una interpretación caracterizada por cambios repentinos, saltatorios y discontinuos. Hay, pues, un evidente renacimiento de la idea de la especiación rápida, brusca y enérgica, frente a la de la gradación sosegada, y se empieza a presentir con fuerza que en el registro de fósiles hay muchísimo más de lo que cabe vaticinar mediante sólo la selección natural, ya que aparecen pautas no predecibles con nuestros conocimientos actuales sobre las poblaciones y los procesos en pequeña escala. 

En 1972, S. J. Gould y N. Eldredge publicaron un fecundo estudio en el que demostraban que la naturaleza avanza mediante saltos repentinos y transformaciones profundas, no a través de pequeñas adaptaciones. Según la teoría de los equilibrios intermitentes, los saltos evolutivos son procesos relativamente súbitos: la especiación interrumpe largos periodos en los que las especies existentes persisten sin variación fundamental y no se crean especies nuevas. En tanto una especie perdura, sigue relativamente invariable; su acervo de información genética se transmite sin cambios fundamentales a las generaciones siguientes. Pero en un punto, repentinamente, se quiebra esa inercia de la época y se produce un salto evolutivo. Como dice Gould: “la historia de cualquier parte de la Tierra, como la vida de un soldado, está hecha de largos períodos de aburrimiento y breves lapsos de terror.”

Sin embargo, la teoría sintética tiene dificultades para explicar tanto los cambios bruscos de las especies, como los largos períodos de estabilidad. Por eso, algunos investigadores han comenzado a buscar posibles explicaciones a esas apariciones súbitas de nuevas especies —analizando los cambios de ritmo en los procesos embrionarios que pueden producir grandes efectos en los organismos adultos— y a esas sorprendentes etapas de estabilidad —estudiando la posibilidad de que la genética o la biología del desarrollo de los organismos no permitiera más que el seguimiento de ciertas vías morfológicas; de manera que, una vez que la especie hubiera encontrado una buena solución para los problemas ambientales, se aferraría a ella mediante numerosos cambios y perturbaciones genéticas secundarias, y no volvería a cambiar hasta que hubiera alcanzado otra solución estable con porvenir.

Los estudiosos de la macroevolución, hacen otras provocadoras observaciones en el registro de fósiles que resultan difíciles de explicar desde los simples postulados neodarwinistas. Por ejemplo, el dato de que cuanto más simples son los organismos, más largo es su período de permanencia, o el hecho de que la diversidad total parece estar próxima a un estado estacionario, es decir, que el árbol de la vida ha dejado de echar ramas y que ha alcanzado una especie de equilibrio, o el sempiterno rompecabezas de que prácticamente todos los fila —tipos— animales hayan aparecido justamente entre los restos más tempranos de la explosión cámbrica, hace 530 millones de años, o el crecimiento evidente de la complejidad de los organismos a lo largo de la evolución.



La ciencia clásica trató de explicar los sucesos novedosos de la evolución como meros productos del azar caprichoso, casualidades a contracorriente en un universo absurdo fatalmente condenado al desorden total. Se afirmaba que el surgimiento de la vida y de la mente era sólo una extraña anécdota, casi imposible, en un mundo de materia inerte e inanimada.

Resulta curioso que una teoría como la de la selección natural, que pretende esclarecer el origen de las especies, no ofrezca ninguna explicación —como el mismo Darwin admitió en varias ocasiones— para el fenómeno del aumento de la complejidad, que es una característica esencial de la evolución. Según J. Maynard Smith —uno de los principales teóricos del evolucionismo—: “no tenemos nada en el neodarwinismo que nos permita predecir un aumento a largo plazo de la complejidad”. Es decir, la selección natural no implica ninguna direccionalidad en el tiempo. Y, sin embargo, observando globalmente la película de la evolución se percibe con nitidez una flecha característica en el proceso: a lo largo del tiempo, los seres vivos, en su inmensa mayoría, han ido de una estructura simple a otra más compleja y, paralelamente, han aumentado su psiquismo y su autonomía. Los documentos paleontológicos bastan para descubrir las grandes corrientes de complejidad creciente de las estructuras y de las funciones de relación, y el ascenso simultáneo de la capacidad de los organismos para captar y procesar información del entorno. Todo esto ha llevado a numerosos investigadores a proponer teorías alternativas o complementarias que intentan explicar los fenómenos observados.

Como hemos apuntado anteriormente, la ciencia está comenzando a comprender que, simultáneamente con el proceso de crecimiento de la homogeneidad y la entropía positiva —desorden— que se percibe en el universo, sucede, con la misma naturalidad, el fenómeno inverso, es decir, el progresivo aumento de la heterogeneidad y la entropía negativa, concepto matemáticamente homólogo al de información y que puede considerarse como una medida del orden y la organización. Frente a la termodinámica clásica que pretendía reducir los procesos de autoorganización a meros sucesos casuales, a simples anécdotas insignificantes, hoy la termodinámica del desequilibrio permite entender que la progresiva y acelerada evolución de los seres vivientes y de la propia historia del hombre ya no son accidentes extraños al devenir cósmico.

Hasta los años 70 del siglo pasado, los investigadores se inclinaban por la concepción —expuesta de la forma más expresiva por Jacques Monod— de que la evolución se debe principalmente a factores casuales. Pero, en el decenio de 1980, muchos científicos se fueron convenciendo de que la evolución no es un accidente, sino que ocurre necesariamente cuando se cumplen ciertas condiciones paramétricas. Los experimentos de laboratorio y las formulaciones cuantitativas están corroborando el carácter no accidental de los procesos evolutivos. Comienza a resultar evidente que el continuo despliegue de la complejidad organizada del universo, su intrínseca capacidad de autoorganizarse esporádicamente, constituye una propiedad fundamental y profundamente misteriosa de la realidad. Empieza a perfilarse un nuevo y fascinante paradigma, el del universo creador, que reconoce el carácter sorprendentemente innovador y progresivo de la dinámica universal. Se habla del loco frenesí organizador de la materia, del animado fantasma evolutivo que comienza a aparecer en nuestra visión del mundo, de la extraña capacidad autoorganizadora de la naturaleza, de su misteriosa tendencia a ascender por los peldaños de la complejidad, de la dinámica autopoiética —autocreadora— de todo el universo.

Las nuevas ciencias de la evolución ven, pues, una armoniosa coherencia y naturalidad a lo largo de todo el proceso creativo universal, desde el mismo instante originario. Niegan que el factor azar sea el único argumento explicativo de los fenómenos novedosos, y denuncian que la vieja teoría no explica, en absoluto, la sorprendente emergencia de la complejidad creciente. Defienden, por el contrario, el carácter no accidental de los procesos evolutivos, y aportan multitud de pruebas de que todos los sistemas dinámicos, en diferentes niveles de la realidad, desarrollan espontáneamente similares pautas creativas.

Los nuevos enfoques demuestran cómo cualquier sistema dinámico alejado del equilibrio puede salir de su estado constante al cambiar algunos de sus parámetros ambientales. En estas situaciones, tras una fase de indeterminación y caos, los sistemas pueden alcanzar espontáneamente nuevos estados estables de mayor complejidad. La trayectoria evolutiva global se asemeja, pues, a una escalera, en la que se alternan los tramos horizontales, sin apenas cambios, con los saltos bruscos de nivel.

Tanto en trabajos teóricos como empíricos, en ciencias duras y blandas, se intenta comprender esta innata tendencia creativa de la naturaleza, estas sorprendentes pautas de organización en las que se canaliza el juego del azar. Se habla de atractores dinámicos, de campos morfogenéticos, de canales arquetípicos, de órdenes implicados, de estructuras fractales —autosimilares—, de estabilidades estratificadas. Parece ya evidente que la creatividad no puede ser reducida a un mero producto del azar, sino que resulta necesaria la intervención holística de campos unificados que puedan dar cuenta tanto del carácter de totalidad de los fenómenos creativos, como de su cualidad de instantaneidad. El aspecto de integridad irreductible de estos campos explicaría su capacidad de organizar armónicamente, mediante un único impulso, elementos diversos e independientes.

Nuestra hipótesis sobre los ritmos de la evolución aporta rasgos novedosos en esta investigación y, tal vez, pueda proporcionar una línea de trabajo llena de gratas sorpresas.



Decíamos hace un momento que la presunta solidez de la materia, sobre la que se pretendía construir un mundo, se ha evaporado, a los ojos de la nueva ciencia, en puras formas y relaciones en un tejido insubstancial y abstracto. Se reproduce, así, en nuestros días, la vieja polémica entre algunas escuelas griegas. Mientras que para los filósofos jonios la cuestión fundamental consistía en encontrar la substancia corpórea del mundo, para los platónicos y pitagóricos la clave estaba en las pautas y los órdenes. La ciencia de hoy se mueve, básicamente, en esta segunda línea.

La afirmación fundamental del pitagorismo era que los números constituyen los principios inmutables subyacentes al mundo, la esencia de la realidad. Al descubrir que las proporciones entre los armónicos musicales podían expresarse de forma simple y exacta, los pitagóricos consideraron que el propio cosmos era un sistema armónico de razones numéricas: todo lo real podía ser expresado por relaciones entre números. Según ellos, el orden numérico inherente a los sonidos, estaba en relación directa con la propia organización del universo, y, así, afirmaban que la música no era sino la expresión de las relaciones internas del cosmos, y que toda manifestación material era fruto del concierto de las vibraciones universales.

A comienzos del siglo veinte, los físicos se encontraron desconcertados al comprobar cómo la energía emitida o absorbida por los átomos, lejos de presentarse como un flujo continuo según sus previsiones, lo hacía de forma cuantificada, en paquetes muy precisos. Durante varias décadas intentaron explicar este extraño fenómeno buscando una buena teoría matemática del átomo que generara esos números cuánticos de una manera natural. La solución llegó al proponerse la similitud del mundo de los electrones con los armónicos musicales —las ondas estacionarias—, surgiendo, entonces, la feliz ecuación de ondas de sorprendente precisión, y pieza fundamental de la revolucionaria física cuántica. Parece, pues, que estamos literalmente hechos de música, que somos puras relaciones abstractas en una realidad insubstancial, la apariencia acústica del vacío cuántico, la música callada y la soledad sonora que maravillaba a nuestros místicos.


Las ondas estacionarias son conocidas por cualquiera que haya tocado un instrumento musical. La característica de estas ondas consiste en que dividen a la unidad vibrante —cuerda, tubo o aro— en secciones completas iguales. Una cuerda de guitarra, por ejemplo, como tiene sus extremos fijos, no puede vibrar de cualquier manera, sino que tiene que hacerlo de modo que sus extremos permanezcan inmóviles. Esto es lo que limita sus posibles vibraciones e introduce los números enteros. La cuerda puede ondular como un todo (ver fig. 1-A), o en dos partes (ver fig. 1-B), o en tres (ver fig. 1-C), o en cuatro, o en cualquier otro número entero de partes iguales, pero no puede vibrar, por ejemplo, en tres partes y media o en cinco y cuarto.
En la teoría de la música estas sucesivas ondas estacionarias reciben el nombre de sonidos armónicos. La serie ilimitada de estos armónicos, partiendo del “sonido fundamental” de la unidad original completa, definen de forma muy precisa los diferentes grados de vibración sonora, es decir, la jerarquía íntegra de niveles de estabilidad del flujo musical.

Vemos, pues, que tanto en el mundo microscópico de la física cuántica, como en el macroscópico de nuestros instrumentos musicales, las energías —las vibraciones— no discurren de un modo continuo, sino que lo hacen de forma cuantificada según una jerarquía de ondas estacionarias. En cualquier escala de la realidad, una unidad vibrante, átomo o cuerda de guitarra, posee intrínsecamente niveles potenciales muy precisos en los que se estabilizan los flujos de energía.

Anteriormente hemos hablado de que la nueva ciencia considera el universo de forma holística, es decir, percibe la naturaleza como una totalidad integral, como un movimiento global no fragmentado ni dividido. Hemos visto también cómo la dinámica evolutiva de este universo unificado despliega sus novedades de forma discontinua, cómo las transformaciones más profundas de la evolución suceden de forma brusca y repentina, generando una jerarquía de niveles de organización progresivamente complejos e inclusivos. Nos encontramos, pues, otra vez, con una unidad vibrante —el universo evolutivo— que canaliza sus flujos de energía en una serie muy definida de niveles de estabilidad. Como los átomos. Como los instrumentos musicales.

Tanto en el mundo de la física atómica, como en el ámbito de lo musical, se logró desvelar el secreto de sus saltos repentinos y sus discontinuidades sonoras por medio de las ondas estacionarias y de los armónicos musicales. ¿No podría suceder lo mismo en el terreno de la evolución? ¿No resulta muy coherente que este universo unificado que comenzamos a descubrir genere similares pautas creativas en sus diferentes niveles de organización? ¿No se presenta, entonces, como enormemente sugerente la idea de que los repentinos saltos evolutivos acaecidos en la historia del universo respondan, precisamente, a esas mismas ondas estacionarias que resultaron ser la clave explicativa del mundo subatómico y del musical? Esta ha sido la intuición básica que ha dado lugar a nuestra hipótesis de ritmos evolutivos que vamos a esquematizar a continuación.



Recientemente se ha planteado una teoría sobre un proceso único que explica sin reduccionismo la diversidad jerárquicamente ordenada. Esta teoría propone, como principio cosmológico general, el concepto de “estabilidad estratificada de niveles potenciales” como la clave de la evolución de los sistemas en desequilibrio. Plantea, básicamente, la existencia de determinados niveles de estabilidad en torno a los cuales se agruparían y organizarían los flujos de energía, permitiendo, así, los sucesivos y repentinos ascensos hacia nuevos estratos de progresiva complejidad. Nuestra hipótesis constituye una especificación muy concreta dentro de este sugerente enfoque. Veámoslo.

Tomando de nuevo el ejemplo de la cuerda de guitarra, imaginemos que está afinada en la nota do —sonido fundamental. Si ponemos en vibración la mitad de su longitud —primer armónico— obtendremos la misma nota original una octava superior. Si hacemos vibrar la tercera parte —segundo armónico— conseguiremos una nota diferente, que en nuestro caso será un sol. Es decir, con el segundo armónico surge la novedad sonora. Tomando la nueva nota, a su vez, como sonido fundamental, podemos repetir la experiencia cuantas veces queramos, y, así, iremos obteniendo con cada segundo armónico, sucesivas novedades sonoras escalonadas. O sea, al hacer vibrar un tercio de la longitud aparecerá un salto creativo, y con el tercio del tercio otro, y con el tercio del tercio del tercio otro más, etcétera.

Este simple hecho nos da la clave de nuestra hipótesis. La propuesta es así de sencilla: considerando la totalidad temporal como una unidad vibrante — ver las figs. 2—, los sucesivos segundos armónicos encadenados, es decir, los sucesivos tercios de la duración, jalonarán la emergencia de las novedades evolutivas. O, dicho de otra manera, los segundos armónicos definirán esos “niveles potenciales de estabilidad estratificada” a través de los cuales se va canalizando la creatividad de la naturaleza, esto es, esos peldaños de la escalera evolutiva por los que los flujos de energía van discurriendo en su ascendente proceso creador de organismos más y más complejos y conscientes.

En las figs. 2 podemos observar gráficamente el proceso global. Tomando la trayectoria temporal completa —desde el “origen” hasta el “final”— como sonido fundamental, hemos dibujado los sucesivos saltos de nivel en ambos sentidos: en la fig. 2-B el tramo que va desde el origen hasta el segundo nodo “P” de exteriorización —lo que se denomina el tramo de “salida” o “hacia fuera”—, y en la fig. 2-A el trecho que abarca desde ese mismo segundo nodo hasta el final —el tramo de “retorno” o “hacia dentro”. En la fig. 2-C reflejamos la trayectoria conjunta, la escalera global de la evolución.
Resumiendo nuestra propuesta podemos decir que, al igual que cuando se emite una nota determinada en un instrumento musical, simultáneamente, suena una amplísima gama de sus armónicos, del mismo modo, el universo en su conjunto posee, desde el mismo instante de su vibración originaria, todo una jerarquía potencial de ondas estacionarias, por las que pueden ascender sus flujos creativos. Según nuestro esquema, partiendo de la vibración puntual del origen, el proceso universal comienza con una explosión vertiginosa de creatividad y saltos de nivel, que, paulatinamente, va desacelerando su ritmo en el camino de ascenso hacia un determinado estrato del espectro —el “sonido fundamental”—, para, a partir de ahí, comenzar a acelerar de nuevo, progresivamente, su ritmo de saltos novedosos, a lo largo del tramo de subida que se orienta hacia una imparable vibración puntual final de creatividad infinita. Más tarde analizaremos el sentido profundo de esos sorprendentes polos original y final, pues ahí encontraremos, precisamente, la clave a muchas de nuestras preguntas.

Para encuadrar, finalmente, de forma ordenada y coherente nuestra propuesta musical de ritmos evolutivos vamos a plantear otra observación.

Decíamos hace un momento que si nuestra cuerda de guitarra está afinada en la nota do, su segundo armónico —1/3 de su longitud— será un sol. A su vez, el segundo armónico de este sol, será un re. Y el de este re, será un la. Y si repetimos la operación indefinidamente, obtendremos una cadena de sonidos —do, sol, re, la, mi, si#, do#, sol#...— que sigue exactamente el orden de las “tonalidades de sostenidos”. Si consideramos que cada nota de esta cadena constituye el sonido característico de un “ciclo” determinado, con cada tercio de la duración obtendremos un sonido nuevo y, por tanto, un “salto de ciclo”. En la fig. 3-A quedan reflejados los sucesivos sonidos fundamentales con sus correspondientes armónicos, y en la fig. 3-B se indica, precisamente, el orden en que van surgiendo esos sonidos, sin tener en cuenta la escala en la que aparecen. Como podemos ver, tras cada siete ciclos se vuelve a repetir la misma serie de notas en un semitono más alto. Denominaremos, pues, simplemente “serie” a cada uno de los sucesivos grupos de siete ciclos que vayan surgiendo, y “salto de serie” a las transiciones entre ellos.
Toda nuestra hipótesis de ritmos de la evolución se reduce a lo que acabamos de exponer. Sólo eso. Así de simple: con cada tercio de la duración aparece un “salto de ciclo”, y tras siete saltos de ciclo aparece un “salto de serie”. Resulta realmente sorprendente que un esquema tan sencillo como éste, se ajuste con la precisión con la que lo hace, a todos los pasos clave de la evolución tanto en el macrocosmos global —paleontológicos, antropológicos e históricos— como en el microcosmos humano —embriológicos y psicológicos. Estoy seguro, querido lector, que tras echar una ojeada a la comprobación de la hipótesis que vamos a hacer a continuación, quedarás convencido que, en verdad, en la evolución hay gato encerrado, e, incluso, te chocará que nadie hasta ahora haya reparado en este clamoroso y evidente ritmo pautado de los acontecimientos. Los árboles no han dejado ver el bosque. Prepárate.



Una vez planteada nuestra trama teórica de ritmos de “ciclos” y “series”, vamos a comprobar a continuación si, en verdad, esa “tabla periódica” se ajusta a los datos que la ciencia nos proporciona actualmente.

Antes de empezar, queremos aclarar que los gráficos que vamos a utilizar serán de dos tipos: unos rectilíneos —fig. 4-A—, en los que se verá la escalera evolutiva correspondiente a cada serie, y otros circulares —fig. 4-B—, en los que se detallará cada ciclo independientemente y que nos permitirán observar las múltiples correspondencias entre ellos. Pero no olvidemos que son, simplemente, dos formas diferentes de expresar los mismos datos.
Según nuestra propuesta, en el origen de cada ciclo aparece el germen de su “sonido” característico, en torno al primer nodo comienza a perfilarse, y al acercarse el segundo nodo se manifiesta por completo, produciéndose entonces un salto de ciclo.

Para los aficionados a las nuevas ciencias de la evolución, diremos que estos segundos nodos de cada ciclo se corresponden con los momentos de “caos”, de “desequilibrio creativo” (I. Prigogine), de “catástrofes benéficas” (R. Thom), en los que se producen las “bifurcaciones” o saltos de nivel. En estos puntos desaparecen los “atractores” que definen la pauta anterior, y aparecen, “caídos del cielo”, los que definen el nuevo estado. De repente, el sonido fundamental cambia por su segundo armónico.

Sabiendo que cada ciclo tiene una duración de 1/3 respecto a la del anterior, y que, por tanto, cada serie de siete ciclos es 37 veces más breve que la previa, bastará con conocer las fechas de algunos acontecimientos clave de la historia de la evolución, para empezar a “enfocar” nuestra trama teórica sobre la realidad de los hechos.

Sabemos que el Big Bang, el germen del universo, tuvo lugar hace unos 13.200 millones de años, que la aparición de las macromoléculas orgánicas, germen de la vida, tras la formación de la Tierra, aconteció hace unos 4.400 millones de años (1/3 de la duración del universo) y que el surgimiento del primer ser humano —el Homo habilis—, germen de la autoconsciencia, sucedió hace poco más de 2 millones de años (un período 37 veces más breve que el de la vida).

Emplazando, pues, el Big Bang como origen de la trayectoria evolutiva global, y el momento de formación de la Tierra como segundo nodo de esa trayectoria, denominaremos —recordad la fig. 2-C— proceso de “salida” al itinerario recorrido entre ambos puntos —desde la energía potencial del vacío originario hasta la formación de la materia compleja—, y proceso de “retorno” a todo el despliegue evolutivo de la vida acontecido desde entonces.

Vamos a pormenorizar, a continuación, precisamente, ese tramo de “retorno”. Pero, antes, quisiéramos recordar que uno de los problemas fundamentales de la teoría evolutiva clásica, consiste en explicar la aparición de las acentuadas discontinuidades que se observan entre los principales grupos taxonómicos, y, sin embargo, por el contrario, ¡nuestro esquema de ritmos va marcando, con absoluta precisión, justamente los momentos de surgimiento de los sucesivos grados taxonómicos del proceso filogenético del ser humano! ¡Reino: animal, en el primer ciclo, Filum: cordado, en el segundo ciclo, Clase: mamífero, en el tercer ciclo, Orden: primate, en el cuarto ciclo, (Superfamilia: hominoide, en el quinto ciclo), Familia: homínido, en el sexto ciclo, y Género: homo, en el séptimo ciclo! Veámoslo, detenidamente, paso a paso. Os recomiendo ir mirando las figuras 5 y 6 al tiempo que vais leyendo el texto.




El primer ciclo (A-1) del proceso de retorno evolutivo parte de ese momento de surgimiento de las macromoléculas orgánicas, tras la formación de la Tierra y del resto de nuestro sistema solar. En el trayecto de aproximación al primer nodo (hace unos 3.000 millones de años) aparecen las procariotas —células sin núcleo— y al acercarse el segundo nodo (hace unos 1.500 millones de años) van formándose las eucariotas —células con núcleo. Es precisamente entonces cuando tiene lugar la primera de las grandes bifurcaciones taxonómicas citadas, entre los Reinos vegetal y animal, al surgir la diferenciación entre eucariotas autótrofas, con tabiques celulares de tipo celulósico y muchas de ellas con clorofila —vegetales—, y eucariotas heterótrofas, con sólo una fina membrana plasmática y nunca con clorofila —animales. Sucede entonces un salto de ciclo.

El segundo ciclo (A-2) comienza, pues, con la formación de las eucariotas. En torno al primer nodo (hace unos 1.000 millones de años) van apareciendo los primeros organismos multicelulares, que desarrollan su integración al comenzar la Era Primaria, con la rápida expansión de los invertebrados marinos , y que da lugar a los primeros vertebrados —peces— al acercarse el segundo nodo (hace unos 500 millones de años). Es exactamente en el ascenso a este segundo nodo —como prevé nuestro esquema de ritmos— cuando sucede la sorprendente y explosiva aparición de todos los Fila —tipos— animales, con nuestros antepasados cordados en último lugar, que darán paso a los primeros peces vertebrados. Nuevo cambio de ciclo.

Quisiéramos señalar aquí, que los paleontólogos clásicos, analizando los restos fósiles en las sucesivas capas de rocas sedimentarias, observaron unas líneas divisorias claras en las que existía un cambio brusco en la naturaleza de los fósiles presentes, y, en base a esto, establecieron las grandes Eras de la historia de la Tierra: la Era Primaria o paleozoica, la Secundaria o mesozoica y la Terciaria o cenozoica. La progresiva oxigenación de la atmósfera de la Tierra durante el período precámbrico, hizo que muchos organismos sucumbieran, pero, simultáneamente, permitió que otros utilizaran esta nueva fuente de energía para desarrollarse bruscamente, de forma novedosa y diversificada, en el comienzo de la Era Primaria, en la llamada “explosión cámbrica” o “Big Bang zoológico”. Esta Era Primaria finalizó con la gran extinción en masa del período pérmico, en la que fueron aniquiladas casi el 95% de todas las especies existentes, y que facilitó la gran expansión de los reptiles y la aparición de los primitivos mamíferos a comienzos de la Era Secundaria. Esta Era Secundaria terminó, a su vez, con la gran extinción del cretáceo, que provocó la desaparición de los dinosaurios y permitió la gran expansión de los placentados modernos a comienzos de la Era Terciaria. Estos tres procesos expansivos, con los que arrancan las tres grandes Eras de la historia de la Tierra, tienen lugar, ¡claro!, en los tres tramos de aproximación a los segundos nodos de nuestros ciclos A-2, A-3, y A-4 respectivamente. Sigamos.   

Retomando el hilo de la descripción de estos ciclos, diremos que el tercero (A-3) comienza, como veíamos, con la formación de los primeros peces vertebrados. En el camino hacia el primer nodo (hace unos 330 millones de años) nos encontramos con que los anfibios comienzan a conquistar la tierra firme, labor que con la entrada de la Era Secundaria llevarán a término los reptiles al irse aproximando el segundo nodo (hace unos 165 millones de años) en su etapa de apogeo. Durante este mismo período comienzan a surgir los primitivos mamíferos, que constituyen, ¡precisamente!, la tercera bifurcación taxonómica base —Clase— de la filogenia humana. Cambio de ciclo.

El cuarto ciclo (A-4), que empieza con la aparición de los mamíferos, tiene su primer nodo (hace unos 110 millones de años) en el momento en que surgen los placentados primitivos —insectívoros—, que se desarrollan de una forma explosiva y radiante al comenzar la Era Terciaria con los placentados modernos —prosimios— al acercarse el segundo nodo (hace unos 54 millones de años). Es, ¡una vez más!, durante este ascenso al segundo nodo cuando tiene lugar la aparición del Orden de los primates, que define un nuevo nivel básico en nuestra trayectoria filogenética. Salto de ciclo.

El quinto ciclo (A-5), que arranca con el despliegue de los mamíferos placentados modernos, tiene su primer nodo (hace 36 millones de años) cuando aparecen los monos propiamente dichos —aegyptopithecus—, que se desarrollarán al acercarse el segundo nodo (hace 18 millones de años) con el surgimiento de los hominoides (dryopithecus), que constituyen la Superfamilia de la filogenia humana. Otro cambio de ciclo.

El sexto ciclo (A-6) empieza con los hominoides, tiene su primer nodo (hace 12 millones de años) cuando aparecen los prehomínidos (ramapithecus) y su segundo nodo (hace 6 millones de años) cuando surgen los homínidos (ardipithecus ramidus). Es, ¡cómo no!, en este período de ascenso hacia el segundo nodo cuando se constituye un nuevo nivel básico de nuestra filogenia —la Familia de los homínidos—, que nos separa de nuestros parientes más próximos, los póngidos.

El séptimo ciclo (A-7) comienza, pues, con la aparición del homínido. En la aproximación hacia su primer nodo (hace 4 millones de años) encontramos al australopithecus anamensis, que ya posee locomoción bípeda, y en la subida hacia el segundo nodo (hace 2 millones de años) entra en acción el Homo habilis, que empieza a fabricar toscas herramientas de piedra, e inaugura la categoría de Génerohomo— de nuestra filogenia.

Hemos recorrido ya todo el trayecto de la primera serie (A) de nuestra trama de ritmos, y, como anunciábamos, con la llegada de los segundos nodos de cada ciclo —de los siete— han ido apareciendo, uno tras otro, la totalidad de los niveles taxonómicos básicos de nuestra especie. Es decir, nos hemos encontrado con las sucesivas transformaciones somáticas principales que han experimentado nuestros ancestros. Pero la evolución continúa, y ahora nos vamos a introducir en una nueva serie (B), que desplegará, paso a paso, las diferentes etapas que ha recorrido el género humano en su camino hacia la modernidad. Y podremos observar cómo las sucesivas industrias líticas que desarrollaron nuestros antepasados —a las que los paleoantropólogos conocen como del modo 1 (Olduvaiense), del modo 2 (Achelense), del modo 3 (Musteriense) y del modo 4 (Magdaleniense)—, se van desplegando, respectivamente, al ritmo de nuestros ciclos B-1, B-2, B-3 y B-4.

Iniciamos, pues, esta segunda serie con el primer ciclo (B-1) que empieza, como decíamos, con la presencia del Homo habilis. Según el enfoque tradicional, podríamos decir que al acercarnos al primer nodo (hace 1,3 millones de años) nos encontraríamos con el emerger del Homo erectus, que sería el protagonista único de este ciclo con su expansión y despliegue hacia el segundo nodo (hace 0,6 millones de años). Un enfoque más reciente parece que apunta en otra dirección en cuanto a nuestra línea de ancestros. Sería, más bien el Homo ergaster —uno de los primeros ejemplares del Homo erectus africano—, el que evolucionaría hacia el Homo antecessor en el tramo de subida al segundo nodo de este ciclo.

El segundo ciclo (B-2) empezaría, pues, con la presencia del Homo antecessor, que en el acceso al primer nodo (hace 0,45 millones de años) derivaría en Europa hacia el Homo heidelbergensis,  y en Africa hacia el Homo rhodesiensis —considerados, ambos, en el lenguaje tradicional como arcaicos Homo sapiens—, y que se desarrollarían en el trayecto hacia el segundo nodo (hace 0,22 millones de años) en sus respectivos ámbitos. Cambio de ciclo.

El tercer ciclo (B-3) arrancaría, pues, con la presencia de las dos ramas de arcaicos Homo sapiens. En Europa, el Homo heidelbergensis evolucionaría hacia el Homo sapiens neanderthalensis al acercarse el primer nodo (hace cerca de 150.000 años), mientras que, simultáneamente, en África, el Homo rhodesiensis evolucionaría hacia el Homo sapiens idaltu —llamado, en ocasiones, “protomoderno” porque ya tiene todas las características de nuestra especie—, desarrollando, ambas ramas, una industria lítica similar del modo 3 —musteriense— en el trayecto hacia el segundo nodo (hace unos 75.000 años) Salto de ciclo. 

El cuarto ciclo (B-4) comenzaría, así, con la presencia de las dos ramas de Homo sapiens viviendo independientemente, pero al acercarse el primer nodo (hace unos 50.000 años) la especie africana emigraría hacia Europa y, tras un tiempo de convivencia, el hombre de Neanderthal acabaría desapareciendo, mientras que el Homo sapiens sapiens o Cro-Magnon iría desarrollando, entonces sí, una tecnología del modo 4 —magdaleniense— en el trayecto hacia el segundo nodo (hace unos 25.000 años), momento en el que ya era la única especie del género humano sobre la Tierra. Cambio de ciclo.

Vamos a hacer aquí una pausa en nuestra descripción de los ciclos de esta seie B, para explicar que a partir de este momento la evolución ya no se manifestará biológicamente, es decir, con transformaciones anatómicas y fisiológicas, sino que los saltos de ciclo se expresarán, básicamente, de forma psicológica y sociocultural. Y para dejar claro que los saltos de los que hablaremos a continuación se ajustan en bloque y plenamente a los datos históricos, vamos a copiar unos párrafos del libro Evolución: la gran síntesis de Ervin Laszlo:

“En el lapso delimitado por las sociedades paleolíticas y por las sociedades modernas basadas en la información, se ha desplegado toda una serie de formas societarias. Las tribus nómadas del paleolítico se transformaron en los asentamientos del neolítico, que dieron paso a los imperios arcaicos y a reinos y ciudades-estado. A los imperios clásicos siguieron los principados medievales, que cedieron ante los estados, algunos con vastas colonias. Al haber desaparecido hoy éstas, los estados modernos se han difundido por los cuatro rincones del mundo.

“Atendiendo tanto a los factores técnicos como a los sociales, podemos advertir un conjunto de transformaciones dinámicas en la evolución de las sociedades. Las tribus cazadoras-recolectoras nómadas domestican plantas y animales y se transforman en sociedades agro-pastoriles asentadas, las cuales crean técnicas como el riego y la rotación de cultivos, formando sociedades agrícolas; éstas, al desarrollar artesanías y técnicas fabriles sencillas, se convierten en sociedades industriales, las cuales, bajo el efecto de nuevas técnicas, sobre todo de las orientadas a la información y a la comunicación, evolucionan a sociedades postindustriales.

La concepción evolucionista ve volar la flecha histórica del tiempo a lo largo del eje: sociedad cazadora-recolectora > agro-pastoril > agrícola > preindustrial > industrial > postindustrial”. “La flecha del tiempo histórico no vuela de manera uniforme (…) las sociedades, del mismo modo que las especies biológicas, no cambian en todo momento ni en pequeñas medidas. Antes bien, el modo de cambio se presenta saltatorio e intermitente”.

Te sugiero, querido lector, que estés preparado para nuevas sorpresas, porque resulta que ¡todas estas etapas que señala Laszlo —que coinciden con la clasificación tradicional de: Paleolítico superior, Neolítico, Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Postmoderna (en la que estaríamos entrando realmente ahora)— se ajustan con absoluta precisión a todos los ciclos previstos en nuestra hipótesis de ritmos! Vamos a comprobarlo.

Recordad que habíamos dejado nuestra comprobación en el cuarto ciclo (B-4) de la segunda serie, con el desarrollo del Cro-Magnon, que se corresponde con la etapa de las tribus nómadas del Paleolítico superior y de las sociedades cazadoras-recolectoras.

En el quinto ciclo (B-5), que empieza con el Cro-Magnon, nos encontramos en el entorno del primer nodo (hace algo más de 16.000 años) con un incremento de la recolección y una expansión de la humanidad, que habrá de llevar, al acercarse el segundo nodo (hace algo más de 8.000 años), a una generalización de la vida neolítica, con los asentamientos y el modo agro-pastoril que hemos señalado. Empieza entonces (unos 6.000 años antes de Cristo) un nuevo ciclo.

El sexto ciclo (B-6) parte de ese hombre neolítico. En torno al primer nodo (unos 3.300 años a. C.) comienza la metalurgia del cobre y aparece la escritura —y la Historia—, y al acercarse el segundo nodo (550 años a. C.) se va gestando la llamada “edad axial” del sorprendente siglo VI a. C. —es el tiempo de los filósofos presocráticos, de los profetas de Israel, de Buda, de Mahavira, de los rishis de las upanishads, de Confucio, de Lao-Tse, de Zaratustra...— Entre ambos nodos se van desarrollando los imperios arcaicos, los reinos, las ciudades-estado y el modo de vida agrícola, es decir, lo que se ha llamado la Edad Antigua. Cambio de ciclo.

El séptimo ciclo (B-7) de esta segunda serie parte, pues, con la emergencia de ese hombre filósofo, en torno al año 550 a. C., que pone en crisis el pensamiento mítico del ciclo anterior. Al acercarse el primer nodo (hacia el año 370 d. C.), y centrándonos ahora en la tradición occidental, aparece la filosofía patrística, que se desarrolla plenamente al aproximarse el segundo nodo (hacia el año 1295) con la escolástica. Este ciclo es el que se ha denominado Edad Media, con sus características señaladas: principados y modo de vida preindustrial. Con el surgimiento del nominalismo y el prerrenacimiento, en este mismo segundo nodo, la racionalidad abstracta y metafísica del mundo medieval se transforma en la concreta y empírica propia del mundo moderno. Y con la crisis aparece un nuevo ciclo. Y una nueva serie: la C.

El primer ciclo (C-1) de esta nueva serie arranca, pues, con esa crisis escolástico-nominalista que será el germen que brote autónomamente en la cultura occidental, pero que, a la larga, habrá de transformar la vida de todos los seres humanos del planeta. Al acercarse el primer nodo (hacia el año 1600) va apareciendo el empirismo mecanicista, que se desarrolla plenamente en las proximidades del segundo nodo (hacia el año 1910) con el apogeo de la ciencia positivista. Las características de este ciclo coinciden con las señaladas de Edad Moderna, formación de estados y modo de vida industrial. En este punto aparece de nuevo la crisis del paradigma anterior; esta vez son las teorías cuántica y relativista las que ponen el dedo en la llaga de las limitaciones de la visión mecanicista. Cambio de ciclo.

El segundo ciclo (C-2) empieza, pues, con Planck y Einstein, y tendrá su primer nodo hacia el año 2012. Se está gestando el nuevo paradigma postmoderno, ecológico, relativista y pluralista. Estás invitado a participar.

Si todos los pasos básicos de la evolución, desde la formación de la Tierra hasta hoy, se han ajustado con absoluta precisión al ritmo previsto en nuestra “tabla periódica”, cabe sospechar que continuará haciéndolo en el futuro. Si esto es así, los dos próximos siglos experimentarán un proceso acelerado de transformaciones, que habrá de culminar vertiginosamente hacia el año 2217, en un momento de creatividad infinita. Decid a vuestros tataranietos que se vayan preparando.



Hasta aquí hemos realizado nuestra comprobación de la hipótesis con los datos aportados, básicamente, por la ciencia occidental, que desde hace cuatro siglos escudriña concienzudamente el mundo de las formas “exteriores”. Pero no estaría de más tener en cuenta también las observaciones realizadas por las tradiciones orientales, desde hace cerca de tres milenios, sobre el mundo de las formas “interiores”. Porque la evolución, como decíamos al principio, no sólo va generando estructuras más y más complejas y organizadas de energía y materia, sino que también va desplegando, simultáneamente, niveles más profundos y lúcidos de consciencia.

En este sentido, las tres series de ciclos que hemos estado analizando hasta ahora podían enfocarse del siguiente modo. Con la emergencia de la vida en el ciclo A-1, la consciencia, que hasta entonces estaba absorbida en la materia, da un salto hacia dentro, se identifica con un incipiente organismo vivo —con un “sujeto”— que, al percibir su entorno de “objetos”, puede actuar sobre él y manipularlo en su provecho. Toda la primera serie A puede entenderse como una paulatina maduración de su capacidad de percepción y acción. Con la aparición del primer individuo del género humano, en el ciclo B-1 de la segunda serie, el sujeto consciente, que ya entonces percibía el entorno con gran precisión, salta de nuevo hacia el interior, y comienza a percibirse a sí mismo como separado del mundo. Es el sorprendente fenómeno de la autoconsciencia, el “pecado original” del relato bíblico, la expulsión del ser humano del “paraíso” inconsciente de la naturaleza. Toda la segunda serie culmina con la emergencia de la racionalidad en la “edad axial” y con un nuevo salto hacia dentro de la consciencia, que permite al pensamiento pensar sobre sí mismo y descubrir la magia de la autorreflexividad. La nueva serie —la C—, que se abre entonces, habrá de conducir —según se deduce de nuestra hipótesis— hacia la gran cumbre evolutiva del año 2217, en la que la humanidad, de forma generalizada, alcanzará el estado del “testigo transpersonal”, donde ya sólo quedará una sutil forma de dualismo entre el observador y lo observado, y que terminará por desintegrarse al descubrir que ambos—observador y observado— son una y la misma cosa y que nunca, en verdad, habían estado separados.

Como decíamos más arriba, las tradiciones místicas orientales han indagado minuciosamente en estos ámbitos más y más profundos de la consciencia, y han descrito con detalle el paisaje descubierto. Así, la milenaria psicofisiología hindú, y de forma muy especial la tradición tántrica, ha estudiado concienzudamente las estructuras energéticas en el ser humano y en el universo. Afirman que los flujos de energía —prana— circulan a través de unos canales —nadis— y se acumulan en unos vórtices —chakras—, que constituyen verdaderos centros acumuladores, transformadores y distribuidores de esa energía. Cada uno de estos chakras está ligado a un plexo nervioso y a una glándula endocrina, por lo que actúan como puntos de contacto entre el cuerpo físico y las estructuras sutiles, y desempeñan específicas funciones fisiológicas, psicológicas y espirituales. Hay, dicen, siete chakras distribuidos entre la base de la columna vertebral y la cúspide de la cabeza, y se distinguen por sus diferentes vibraciones sonoras y sus actividades características: Muladhara (materia), Svadhistana (vida y sexo), Manipura (poder y deseo), Anahata (amor), Vishuddha (expresión), Ajna (inteligencia) y Sahasrara (espíritu).

La psicofisiología hindú plantea, pues, un espectro de siete niveles de estabilización de la energía, que se manifiesta, al menos, en tres envolturas diferentes: biológica, psicológica y anímica. Como, evidentemente, esto suena muy parecido a lo que hemos descrito en nuestro esquema de ritmos —siete ciclos en tres series sucesivas—, vamos a indagar a continuación si las características que definen a cada uno de los chakras, tienen alguna correspondencia con los ciclos de la evolución que hemos desglosado anteriormente. Porque, en el caso de que haya coincidencia entre ambos enfoques, ¡resultaría que no sólo el “ritmo” de los ciclos evolutivos estaría definido desde el principio, sino también el contenido —el “sonido”— característico de cada uno de ellos! ¿Quién hablaba de azar?

En la parte superior de la fig. 6, hemos anotado la serie completa de los siete chakras de forma paralela a las series A, B y C de siete ciclos de nuestra hipótesis. En caso de ser cierta la sospecha de correspondencia entre ambos enfoques —el de los chakras y el de las etapas evolutivas— todos los ciclos correlativos de las diferentes series —por ejemplo, los ciclos A-5, B-5 y C-5— deberían desarrollar un tema común. Veamos.

El primer chakra, el Muladhara, es el centro básico y sostenedor, y representa el dominio de las sensaciones y percepciones más simples que pertenecen al mundo material y físico; está relacionado con los instintos de seguridad y de supervivencia individual, sin los cuales no podría existir el ser vivo; su patrón característico de conducta es el simple estímulo-respuesta. Todo esto cuadra perfectamente con la vida unicelular de nuestro primer ciclo (A-1), que, recordemos, abarcaba desde la aparición de las macromoléculas orgánicas, tras la formación de la Tierra, hasta el surgimiento de las células eucariotas.

El segundo chakra, Svadhistana, está vinculado a la sexualidad, a la conservación de la especie y a la difusión de la vida; las relaciones entre los organismos cobran ahora una gran importancia. Todo esto sintoniza de forma clara con nuestro segundo ciclo (A-2), que comenzaba con las células eucariotas, generaba los primeros organismos multicelulares y desplegaba todo su potencial vital tras la explosión cámbrica — el “Big Bang zoológico”.

El tercer chakra, Manipura, está asociado con el poder, la voluntad, el deseo y la intencionalidad; el tema básico de este centro es la lucha por el poder, la competencia, la ambición y la dominación. El tercer ciclo (A-3) de esta primera serie, recordemos, culminaba con la expansión dominadora de los dinosaurios, en completa sintonía con este chakra.

El cuarto chakra, Anahata, está vinculado con el amor, la compasión, el afecto y la entrega; aquí la rivalidad deja lugar a la cooperación y al servicio desinteresado; es el centro del corazón, del instinto maternal. Todo esto conecta totalmente con nuestro ciclo A-4, que comenzaba con la emergencia de los mamíferos primitivos y de las aves —de los que se ha dicho que, dado que son casi los únicos organismos que se esmeran en el cuidado de su prole, son los “inventores” del amor y la afectividad— y culminaba con el surgimiento explosivo y radiante de los placentados modernos, inaugurando la “era de los mamíferos”.

El quinto chakra, Vishuddha, es el centro efectivo de comunicación, de expresión, de autoproyección, de inspiración creadora. Se correspondería con nuestro ciclo A-5, que, recordemos, arrancaba con la emergencia de los prosimios, veía surgir a los monos propiamente dichos y culminaba con los antropoides, que, como es sabido, gozan de una variedad y complejidad de modos expresivos realmente paradigmática —lenguaje de gestos, sonidos, actitudes, movimientos, mímica facial…— en clara sintonía con el chakra que nos ocupa.

El sexto chakra, Ajna, es el centro de la inteligencia, del conocimiento, de la sabiduría. El ciclo correspondiente en nuestra primera serie sería el A-6, que, recordemos, abarcaba todo el trayecto desde los antropoides hasta la emergencia de los primeros homínidos. Como se sabe, todas las especies actualmente vivas con las características básicas de aquella etapa evolutiva son, al margen de los seres humanos, los animales de mayor inteligencia sobre el planeta, en clara sintonía con el chakra del que estamos hablando.

La apertura del séptimo y último chakra, el Sahasrara, significa el pleno florecimiento del potencial espiritual. Se correspondería con el ciclo cumbre (A-7) de la primera serie, que comenzaba con el surgimiento del homínido y culminaba con la aparición del Homo habilis, el primer individuo de nuestro género humano, entrando ya en el novedoso ámbito de la autoconsciencia y en evidente correspondencia con el chakra “de los mil pétalos”.

Hemos recorrido, pues, la totalidad de la cadena de los siete chakras, desde el Muladhara —sustentando la base material— hasta el Sahasrara —desplegando la energía espiritual— ¡y la sintonía con nuestra serie de ciclos, desde la materia orgánica del A-1 hasta la autoconsciencia del A-7, ha sido total! ¿Será que el azar no constituye, en absoluto, el criterio último para comprender la dinámica creadora del proceso evolutivo? Sigamos nuestra investigación.

En los primeros ciclos de la segunda serie, los relativos a los humanos más primitivos, más que “comprobar” las correspondencias con sus chakras correlativos, ahora, simplemente nos vamos a limitar a “sugerir” esa sintonía. Más tarde, cuando apliquemos nuestra hipótesis de ritmos al microcosmos humano, y observemos los paralelismos filogenéticos-ontogenéticos, ya tendremos más argumentos con los que confirmar esas correspondencias.

En el primer ciclo (B-1) de la segunda serie, es de suponer que se fuera desplegando paulatinamente —primero con el Homo habilis y luego con el erectus (o el ergaster)— la autoconsciencia física, emergiendo, entonces, de la mera fusión inconsciente con el entorno natural. Estos primeros seres humanos comenzarían, así, a percibir su cuerpo físico diferenciado del medio circundante, y, de este modo, habrían podido actuar conscientemente sobre él y manipularlo en su provecho —herramientas, control del fuego…— Todo lo cual está en gran sintonía con las características del primer chakra, que, como hemos dicho, representa el dominio de las sensaciones y percepciones más simples que pertenecen al mundo material y físico.

En el segundo ciclo (B-2), los arcaicos Homo sapiens habrían comenzado a hacerse conscientes de sus impulsos vitales y pránicos, y sus motivaciones girarían, básicamente, en torno al principio de placer-dolor. De ser así, esta etapa se ajustaría claramente a la característica “vital” del segundo chakra.

En el tercer ciclo (B-3), los primeros sapiens deberían haber desplegado la “mente intencional”, con la emergencia de la capacidad de creación extensa de imágenes, que permite experimentar emociones prolongadas tanto de angustia como de deseo. Esto estaría en sintonía con el tercer chakra que, recordemos, está asociado con el poder, la voluntad, el deseo y la intencionalidad.

El cuarto chakra, como hemos dicho, está vinculado con el amor, la compasión, el afecto y la entrega. Y nuestro cuarto ciclo (B-4) de esta segunda serie abarcaba, recordemos, el período en el que los Neandertales, primero, y los Cromagnones, más tarde, protagonizaron la vida en el continente europeo. Es, entonces, cuando se impulsa el núcleo familiar y el ser humano comienza a preocuparse por curar a sus enfermos y por el futuro de sus muertos; es, quizás, también en esta época cuando empieza a desarrollarse el lenguaje, lo que permite la ampliación e intensificación de las relaciones humanas y de la “mente comunal”. Todo ello se ajusta claramente con las características “afectivas” del chakra Anahata.

El quinto chakra está vinculado a la comunicación, a la expresión psicológica y a la inspiración creadora, lo cual sintoniza totalmente con lo sucedido en nuestro ciclo B-5, en el que el  hombre moderno —el Homo sapiens sapiens— despliega todo su potencial artístico. La cultura, hasta entonces pobremente desarrollada, explota en una multitud de facetas: en el mundo del lenguaje, en el deslumbrante y sorprendente arte rupestre de Altamira o Lascaux, en esculturas como la Venus de Willendorf, en relieves, en trabajos en cuerna y marfil…

El sexto chakra, ya hemos dicho, es el centro del conocimiento, de la inteligencia, de la sabiduría. Nuestro sexto ciclo (B-6), recordemos, arranca con la aparición de la cultura neolítica —en la que el ser humano empieza a comprender los procesos naturales, y, de esta forma, puede controlarlos y transformarlos (domestica animales, planta semillas, etcétera)— y a través del desarrollo de las civilizaciones, el descubrimiento del alfabeto y la utilización progresiva de los metales, llega hasta la “edad axial” con la emergencia de los primeros filósofos. La sintonía con el chakra Ajna es, pues, evidente.

La apertura del séptimo chakra, decíamos anteriormente, significa el pleno florecimiento del potencial espiritual. Nuestro ciclo B-7, como acabamos de ver, comienza con la crisis del pensamiento mítico y con la emergencia repentina del pensamiento racional en la “edad axial”, y, en nuestra cultura occidental, abarca el trayecto que, partiendo de la filosofía griega y pasando por la patrística, llega hasta la escolástica a finales del siglo XIII. El pensamiento desarrollado entonces era, fundamentalmente, abstracto, espiritualista y metafísico, ajustándose claramente al chakra Sahasrara. Pero, simultáneamente, también éste era el tiempo de los grandes sabios y místicos no-duales de la humanidad: Buda, los rishis de las upanishads, Lao-Tsé, Chuang-Tsé, Jesús de Nazaret, Nagarjuna, Plotino, Asanga, Bodhidharma, Hui-Neng, Shankara, Huang-Po, Padmasambhava, Al-Hallaj, Ibn-Arabi, Dogen, Rumi, el Maestro Eckhart… Todos ellos no “pensaban” sobre una Divinidad ajena, sino que “sabían vivencialmente” que su verdadera identidad era, justamente, esa Divinidad. Por eso, creemos que, aunque realmente estaban sintonizados con el chakra Sahasrara, más bien resonaban con su expresión de la siguiente serie —con el ciclo C-7—, donde la humanidad, de forma generalizada, descubrirá, como todos estos sabios, que la materia y el espíritu, la energía y la consciencia, el objeto y el sujeto son, en verdad, no-duales, expresiones polares de la única realidad absoluta: la simple Autoevidencia siempre presente. Luego volveremos sobre esto.

¡Bueno!. Hemos terminado la segunda serie, y la sintonía con la cadena de los chakras ha sido clara, desde la mera consciencia física del Homo habilis, hasta la racionalidad metafísica del filósofo escolástico. Vamos a continuar, pues, con nuestras comprobaciones en la tercera serie —la C—, al menos en el ciclo y pico que ya hemos recorrido.                                                                                                                                                                                

El primer ciclo (C-1) de la tercera serie, como hemos dicho, comenzaba con la emergencia de la filosofía nominalista —que, al poner su énfasis en lo concreto, hacía entrar en crisis al pensamiento metafísico de la escolástica—, continuaba con todo el despliegue de la ciencia empírica, y llegaba a su apogeo con el positivismo materialista del siglo XIX. Todo lo cual coincide plenamente con la característica del primer chakra, que, como hemos visto en las series anteriores, representa el ámbito del mundo físico y material.    

Permítasenos hacer aquí un inciso al hilo de lo que acabamos de decir. Desde la perspectiva tradicionalista, se abomina del enfoque materialista porque se entiende que constituye un retroceso respecto al pensamiento metafísico. Sin embargo, según nuestro esquema, el empirismo materialista de la modernidad supone, paradójicamente, un paso adelante en el proceso espiritual con respecto a las “creencias” religiosas medievales, pues, mientras éstas se emplazaban en el peldaño más alto de la segunda serie —la B—, aquél se sitúa en el comienzo de la tercera —la C—, que como tiene mayor profundidad y lucidez es, por consiguiente, más “espiritual”, aunque su contenido haya sido, hasta ahora, casi sólo físico. A la larga, según parece desde nuestra trama de ritmos, este camino nos llevará, no a la “creencia” en el mundo del Absoluto, sino a la evidencia “empírica” de nuestra verdadera identidad con el Absoluto mismo.

El segundo ciclo (C-2), tal como acabamos de decir, comenzó en los primeros años del siglo XX, cuando el aparentemente sólido paradigma mecanicista y materialista de la era moderna, comenzó a resquebrajarse con la emergencia de la teoría de la relatividad y de la física cuántica. Frente a la fría rigidez, el dogmatismo y la lógica lineal del ciclo anterior, el nuevo enfoque introduce la lógica reticular, el perspectivismo, la sensibilidad ecológica, la indeterminación, el relativismo plural, el multiculturalismo, el respeto y cuidado por la Tierra, Gaia y la vida. La era postmodernista que comienza, está claramente, pues, en sintonía con el segundo chakra, que, recordemos, se centra en la conservación y difusión de la vida.

Resumiendo: la trama de ritmos que hemos propuesto se ajusta plenamente, tanto en ritmo como en contenido, a los datos empíricos que nos aportan las ciencias de la evolución y de la historia. Los dieciséis primeros ciclos de nuestra “tabla periódica de la evolución” coinciden con precisión con la totalidad de las etapas transcurridas hasta ahora. Es de prever que los cinco ciclos restantes de esta tercera serie —C—, también marcarán la pauta del acelerado proceso que llevará a la humanidad a la gran Cumbre evolutiva de dentro de un par de siglos, en torno al año 2217. Así, el ciclo en el que estamos, el C-2, de contenido “ecológico”, alcanzará su apogeo dentro de un siglo, alrededor del año 2114. El siguiente ciclo, el C-3, centrado en el “deseo de realización”, se desplegará hasta el año 2183. A continuación, el ciclo C-4, cuyo tema central será el “amor universal”, alcanzará su plenitud a comienzos del siglo XXIII, en el año 2205. El ciclo C-5, cuyo centro será la “inspiración creadora”, se desarrollará hasta el año 2213. La “sabiduría integral” del ciclo C-6, alcanzará su plenitud en el año 2215. Y la “realización espiritual” de la humanidad tendrá lugar en torno al año 2217.  

Resulta curioso que la fecha que se desprende de nuestra hipótesis para esa Cumbre del proceso evolutivo, coincide plenamente con la propuesta de Sri Aurobindo, realizada en las primeras décadas del siglo XX, sobre el momento en que sería posible el descenso del ser supramental. Su discípulo Satprem escribe: “Sri Aurobindo decía que se necesitan tres siglos —y él tenía de ello una visión clara— antes de que un ser supramental completo pueda aparecer, leve, luminoso, etcétera”. O, del mismo modo, Peter Russell en su obra El agujero blanco en el tiempo, hablando de la evolución espiral, afirma que algunos investigadores sitúan el punto de convergencia en el futuro próximo, y otros a la distancia de un siglo o dos. Queden, pues, señaladas aquí las coincidencias.



Partiremos de la idea clásica, de muy diferentes culturas, de que el organismo humano es una cápsula del todo, una concentración individual del mundo, una unidad que refleja, al igual que un espejo, la totalidad del universo. Según este planteamiento el crecimiento o desarrollo de los seres humanos, es una rápida recapitulación e integración de todos los niveles desplegados gradualmente en el proceso evolutivo universal, durante su largo y lento desarrollo paleontológico.

La aportación principal de Haeckel a la teoría de la evolución es lo que él llamó “la ley biogenética fundamental”, esto es, el paralelismo entre el desarrollo del embrión individual y el desarrollo de la especie a la cual pertenece: “la ontogénesis, o sea, el desarrollo del individuo, es una breve y rápida repetición (una recapitulación) de la filogénesis o evolución de la estirpe a la cual pertenece”. Es decir, en el transcurso del desarrollo, un organismo recorre su propio linaje evolutivo, de manera que las diversas formas por las que pasa el embrión representan antecesores pasados de dicho organismo, pero, fijémonos bien, no es que repitan las formas adultas de estos antepasados, sino que reproducen, más bien, sus fases embrionarias y sus estadios de desarrollo. Es por esto por lo que los organismos muy próximos en la escala evolutiva —aquellos que tuvieron una ascendencia común hasta épocas recientes— tienen embriones casi idénticos en los estadios iniciales, y es sólo en las etapas más postreras cuando las diferencias se van haciendo evidentes. O, en otras palabras, debido a que la ontogenia recapitula la filogenia, el desarrollo embrionario de animales emparentados históricamente atraviesan procesos similares de transformaciones, tanto más duraderos cuanto más cercana sea la relación de parentescos. El propio Darwin escribía en El origen de las especies: “la vecindad de estructura embrionaria revela la vecindad de origen”.

En 1828, Karl von Baer, el principal embriólogo de su tiempo, exclamó: “tengo dos pequeños embriones conservados en alcohol, a los que olvidé poner la etiqueta. Ahora no soy capaz de determinar el género al que pertenecen. Pueden ser lagartijas, pequeñas aves, o incluso mamíferos”. Y es que todos los embriones del filum de los cordados —peces, anfibios, reptiles, aves o mamíferos— resultan casi idénticos durante las primeras etapas de desarrollo —zigoto, blástula, gástrula…— y es sólo más tarde cuando van apareciendo, sucesivamente, las características especiales de la clase, el orden, la familia, el género y la especie.

Dado, pues, que el desarrollo embrionario delata la ascendencia de una especie, en la taxonomía clásica —en la clasificación de los seres vivos—, más allá de las similitudes anatómicas, era la homología de los itinerarios ontogenéticos de dos especies el criterio más seguro para afirmar que tenían un inmediato antepasado común. Es por esta razón que la taxonomía filogenética —definida ya en el siglo XIX por Haeckel y Sachs— afirma que la ordenación sistemática de los grupos biológicos representa una esquematización de las etapas evolutivas alcanzadas en el curso del tiempo, e indica el orden de aparición en que los diferentes organismos surgieron sobre la Tierra.

Cada día se ve más claro que los saltos evolutivos se dan, fundamentalmente, mediante bifurcaciones en los procesos embriológicos: nuevas vías de desarrollo embrionario o larvario se separan en algún punto de las trayectorias antecesoras preexistentes. Las innovaciones responsables de la aparición de nuevas especies se producirían, pues, no por simple mutación de un pequeño segmento de ADN, sino por modificaciones introducidas en el proceso de desarrollo de los individuos, es decir, por “heterocronías” o desfases en el ritmo de los procesos ontogenéticos. Dentro de estas heterocronías, resultan especialmente interesantes los procesos de “pedomorfosis” —conservación de caracteres juveniles ancestrales por parte de estadios ontogenéticos posteriores de descendientes— y de “neotenia” —pedomorfosis producida mediante el retardo del desarrollo somático. Se conocen muchos de estos casos de evolución por neotenia, desde los vertebrados —considerados como larvas neoténicas de tunicados— hasta el propio ser humano —tal como propone Stephen Jay Gould al observar la similitud manifiesta entre el adulto humano y el chimpancé joven. De forma que los mecanismos de la evolución bien pueden deberse, no a la selección paso a paso de caracteres individuales, sino, más bien, a estos cambios de ritmo en alguna fase del desarrollo embrionario, que habrían originado profundas modificaciones anatómicas y abierto novedosas posibilidades ecológicas. Estos cambios bruscos explicarían también la falta de muchas “formas intermedias” en el registro fósil, pues, en realidad, esas formas no habrían existido nunca.

Grandjean, en 1922, corrigió el aserto de Haeckel de que “la ontogenia reproduce la filogenia”, y propuso una formulación complementaria: “la ontogenia no reproduce la filogenia, la crea”, sugiriendo, así, que son precisamente esas bifurcaciones en las trayectorias ontogenéticas las que van generando los saltos novedosos en las trayectorias filogenéticas. Estos mismos planteamientos del mundo de la biología se repiten, de forma similar, en el ámbito de lo sociocultural, cuando se discute sobre el problema de si el desarrollo antropológico precede al progreso de las instituciones o es una consecuencia de él, o si los procesos son simultáneos.

Según la teoría de la “lógica interna” del desarrollo histórico, la historia se concibe como un autodespliegue de categorías inherentes a la humanidad desde el principio. Todos los planteamientos organicistas defienden esta perspectiva y entienden la historia como la “historia de la vida” de la humanidad, basada en el paralelismo de la filogénesis y la ontogénesis. Así, según Vico, los pueblos pasan por las mismas fases que los individuos. O, según Habermas, la lógica interna del desarrollo cognoscitivo del niño sirve como analogía para la autocomprensión de la racionalidad comunicativa a lo largo de la historia humana. O, el propio Marx también se inclinó, ocasionalmente, a operar con la teoría de la lógica interna, y, en los manuscritos de París, defiende que los seres humanos sólo pueden desarrollar los elementos constitutivos fundamentales de la esencia humana, y, por tanto, el progreso es el despliegue de esta esencia.

Según nuestra hipótesis, tanto el proceso filogenético, histórico o macrocósmico, como el ontogenético, individual o microcósmico, son ambos expresión, global o puntual, de un mismo y único arquetipo de ritmos, que define las dinámicas de salida y retorno en la manifestación temporal del universo, y, por eso, tanto los individuos como las sociedades se limitan a actualizar progresivamente los sucesivos niveles de estabilidad potencial de la matriz originaria.

Volviendo al tema embriológico que nos ocupaba, y centrándonos ahora en el ser humano, hemos de decir que, como el resto de los animales, durante su vida intrauterina pasa por las sucesivas etapas embrionarias características de su filogenia, antes de desarrollar aquellos rasgos fisiológicos que acreditan su condición de humano. Su proceso ontogenético, pues, resulta tanto más similar al de otras especies, cuanto más próximas se encuentran éstas en su escala evolutiva. En palabras del evolucionista Francisco J. Ayala: “el cuerpo humano está construido con arreglo al mismo plan general que los cuerpos de otros animales, siendo más semejante al de los antropoides, los primates, los mamíferos y los vertebrados, por este orden descendente”. Etapas que, como hemos visto anteriormente, coinciden exactamente con cuatro ciclos sucesivos de nuestra hipótesis: los A-5, A-4, A-3 y A-2.

De forma similar al proceso embriológico, el desarrollo psicológico del ser humano también parece recapitular las sucesivas perspectivas que desplegaron sus antepasados. Así, John C. Eccles afirma que puede conjeturarse que en el curso del proceso filogenético de la evolución del ser humano, se sitúan exactamente todas las transiciones que se producen ontogenéticamente al pasar del bebé al niño y luego al adulto: “el desarrollo progresivo de la consciencia del bebé hacia la del niño ilustra bien la evolución de la consciencia de sí mismo en los homínidos”. Y, de igual forma, el psicólogo Jean Piaget afirma que el desarrollo del pensamiento en los niños presenta un paralelismo estrecho con la evolución de la consciencia en nuestra especie.

En la misma línea, Jung, tras recordar las palabras de Nietzsche: “al dormir y al soñar rehacemos, una vez más, la tarea de la humanidad que nos ha precedido”, añadía: “la hipótesis según la cual, también en psicología, la ontogénesis se corresponde con la filogénesis, es, pues, justificada”. De igual modo, Ken Wilber afirma: “la misma fuerza que forjó al hombre a partir de la ameba, convierte al niño en adulto. Es decir, el crecimiento de la persona desde la infancia hasta la vida adulta es una simple visión miniaturizada de la evolución cósmica”. O, también: “De modo similar a las formaciones geológicas de la Tierra, el desarrollo psicológico procede nivel a nivel, etapa tras etapa, estrato sobre estrato, y cada nuevo nivel se superpone al anterior incluyéndolo y trascendiéndolo”. Y el propio Wilber dice: “hay una creciente reaceptación entre los estructuralistas del desarrollo, de la noción de paralelos filogenéticos/ontogenéticos: la magia primitivo-paleolítica es similar en su estructura profunda (no en su estructura superficial) al pensamiento preoperacional en la infancia temprana; las expresiones mítico-religiosas clásicas son similares en su estructura profunda al pensamiento preoperativo de la última fase de la infancia y al inicio del pensamiento operativo concreto, y la moderna ciencia racional ocupa el lugar más alto de la jerarquía con el razonamiento operativo formal y el hipotético–deductivo en la transición de adolescente a adulto”.

Según Wilber, el proceso total de la evolución psíquica —que es la forma en que opera en los seres humanos la evolución cósmica— se da de la manera más significativa y coherente. En cada etapa hay una estructura de orden superior —más compleja y, por ende, más unificada— que emerge por diferenciación del nivel de orden inferior que la precede. Esta estructura de orden superior se introduce en la consciencia, y el sí mismo termina por identificarse con dicha estructura emergente. Puesto que se ha diferenciado de la estructura inferior, el sí mismo la trasciende, y, de esta manera, puede operar sobre esta estructura inferior valiéndose de los instrumentos que le proporciona la nueva estructura emergente.

Ken Wilber llama “estructura profunda” a la forma característica de un determinado nivel —una forma que materializa todas sus posibilidades y limitaciones—, y “estructura superficial” a la manifestación concreta de una estructura profunda. Todas las estructuras profundas están indiferenciadas, plegadas o envueltas en el campo inconsciente. El sustrato inconsciente está casi completamente vacío de estructuras superficiales, porque éstas se aprenden, básicamente, durante el despliegue de las estructuras profundas. Esto es algo similar a la idea jungiana de los arquetipos como “formas vacías de contenido”. En palabras de Jung, un arquetipo (estructura profunda) “sólo adquiere un contenido definido (estructura superficial) cuando llega a la consciencia y se carga con material procedente de la experiencia consciente”. Todos heredamos las mismas estructuras profundas esenciales, pero cada uno aprende sus propias estructuras superficiales individuales.

Según Ken Wilber, el feto “posee” lo inconsciente fundamental, que, en lo esencial, son todas las estructuras profundas existentes en tanto que potencialidades dispuestas a emerger, por la vía del recuerdo, en algún momento futuro. Todas las estructuras profundas están incluidas o envueltas en lo inconsciente fundamental: lo “inconciente arcaico” es el pasado de la humanidad, y lo “inconsciente emergente” es el futuro. Puesto que las estructuras superiores abarcan las inferiores, las superiores tienen que ser las últimas en desplegarse. No se puede realizar lo transpersonal mientras lo personal aún no se ha formado. El desarrollo —o la evolución— consiste en una serie de despliegues jerárquicos de las estructuras profundas a partir de lo inconsciente fundamental, comenzando por lo inferior —la materia—, para terminar con lo superior —la consciencia. Cuando —y si— ha emergido la totalidad de lo inconsciente fundamental, entonces hay solamente consciencia: todo es consciencia como el Todo. Como lo expresó Aristóteles, cuando lo potencial ha sido actualizado, el resultado es Dios.  



Habiendo comprobado anteriormente la validez de nuestro esquema de ritmos en la dinámica evolutiva universal —el macrocosmos—, vamos a ver, a continuación, si ese mismo esquema se refleja también en el proceso de desarrollo de los entes individuales —los microcosmos.

Dando por hecho que el ser humano está sintonizado con el ritmo de los ciclos evolutivos que hemos analizado, y sabiendo que, según un estudio de Richard M. Bucke, la emergencia espontánea de lo que él llamaba la “consciencia cósmica” tiene lugar en torno a los 34 años, vamos a tomar el ciclo C-4, que tiene una duración de 34,17 años, como ciclo base para realizar la comprobación de nuestra hipótesis en el desarrollo individual de un organismo humano plenamente realizado.

Aplicando, pues, nuestro esquema global de ritmos —que expusimos anteriormente en la fig. 2-C— sobre ese ciclo de 34,17 años de duración, obtendremos una primera aproximación a nuestra propuesta en la fig. 7-B. En ella podemos observar la trayectoria completa de una vida, que, partiendo del momento del engendramiento, despliega de forma progresivamente ralentizada el tramo de “salida” —o “arco externo”— hacia el polo “ego”, situado en torno a los 22 años —coincidiendo con la afirmación de Wilber de que el proceso de vuelta, o “arco interno”, no suele comenzar antes de los 21 años— e inicia ese tramo de “retorno”, ahora de forma progresivamente acelerada, hacia el polo luminoso final. Según este esquema, el ser humano recorre en su tramo de “salida”, hacia la madurez del “ego”, las series completas A —vida— y B —mente— de nuestra tabla periódica de la evolución, y hace el tramo de “retorno” a través de la serie C —alma— y siguientes, para llegar a la plena iluminación en torno a los 34,17 años.

Observad, comparando los gráficos 7-A y 7-B, cómo las pautas globales de desarrollo del macrocosmos y del microcosmos son idénticas en su estructura, y la única diferencia entre ambas estriba en el nivel en el que se ubica el polo P hacia el que se orienta el tramo de “salida” en cada una de ellas: en el macrocosmos se sitúa en el “salto de serie” entre la “materia” y la “vida” —la aparición de las macromoléculas orgánicas tras la formación de la Tierra—, y en el microcosmos en el “salto de serie” entre la “mente” y el “alma” —la formación del ego maduro.



Vamos a comprobar ya si nuestras previsiones se ajustan a los datos que nos ofrecen los embriólogos —para la fase intrauterina— y los psicólogos del desarrollo —para la fase postnatal. Aconsejamos ir observando las figs. 8 y 9 simultáneamente con la lectura del texto.


Empezamos, pues, la comprobación a partir de la fase viviente unicelular, que en el macrocosmos denominábamos A-1, y que coincidía con la aparición de las procariotas, primero, y las eucariotas, después. El ciclo menstrual de la mujer —28 días— está regido por un complejo mecanismo en el que intervienen diversos órganos y sustancias. Durante la primera mitad de este ciclo —14 días— tiene lugar la maduración folicular, estimulada por las hormonas del lóbulo anterior de la hipófisis o gonadotróficas —fundamentalmente la FSH. El folículo primordial contiene una célula central —ovogonia— que primero se convierte en ovocito de primer orden, con un núcleo más voluminoso, y que, más tarde —tras ser expulsado en la ovulación—, se transforma en ovocito de segundo orden —con la reducción cromatínica—, quedando apto para la fecundación. El ciclo A-1 de nuestra hipótesis, el que en el macrocosmos despliega la etapa unicelular, tiene precisamente, según nuestro esquema para el microcosmos, una duración de 14 días, lo que coincide exactamente con el medio ciclo menstrual de maduración folicular hasta la fecundación.

Una vez fecundado el óvulo, comienza un período de rápidas divisiones mitósicas en el que el zigoto pasa por las etapas de 2, 4, 8, etcétera células o blastómeros. Las células continúan dividiéndose y forman primero una pelota maciza —mórula—, que luego se ahueca —blástula. Se comienzan a diferenciar las tres capas germinativas —endodermo, ectodermo y mesodermo— y pronto se forma la cavidad del cuerpo o celoma. El cordón nervioso dorsal empieza como una depresión longitudinal, que se hace más profunda, y, finalmente, al unirse sus bordes, llega a transformarse en una cuerda nerviosa tubular. Directamente, por debajo, se produce una formación acordonada de sustentación derivada del mesodermo, denominada notocordio —cuerda posterior—, que es común a todo el filum de los cordados, y de la que reciben su nombre. Todo este proceso tiene lugar desde la fecundación del óvulo hasta pasada la tercera semana del embarazo.

La etapa característica del ciclo A-2 del macrocosmos es, como hemos visto, la que despliega los organismos multicelulares hasta la formación de los diferentes tipos —fila— de animales, como, por ejemplo, los cordados. En nuestro esquema para el microcosmos, este ciclo abarca algo más de tres semanas, a partir de la fecundación, lo que, de nuevo, se ajusta plenamente a los datos embriológicos, tanto en contenido como en duración.

El embrión humano, cuando se acerca el final del primer mes, desarrolla unos segmentos musculares, llamados miosomas, a uno y otro lado del tubo neural, que representan el origen de la musculatura esquelética, característica de todos los vertebrados. A partir de la cuarta semana también se inicia el desarrollo de las extremidades —tanto las superiores como las inferiores. Al principio son sólo unas pequeñas protuberancias o mamelones, pero pronto se van alargando, y durante la sexta semana ya constituyen unas pequeñas expansiones, en forma de paleta, que darán lugar a las manos y los pies. Los dedos se desarrollan, finalmente, durante las semanas séptima y octava. Durante este tiempo, el amnios, que en las primeras semanas de gestación se mostraba como una vesícula muy pequeña, va aumentando de volumen y va cubriendo progresivamente y de modo completo al embrión.

El ciclo A-3 de nuestra hipótesis empezaba, en el macrocosmos, con los primeros vertebrados marinos —peces—, y abarcaba la progresiva conquista de la tierra firme, primero con la aparición de las extremidades en los tetrápodos —anfibios—, y luego con el invento de esa membrana lisa y transparente —el amnios— que protegía a los embriones de los reptiles y mamíferos. En nuestro esquema para el microcosmos, este ciclo comprende, coincidiendo totalmente, otra vez, con los datos embriológicos, desde la cuarta semana hasta la octava.

Al empezar el tercer mes de gestación, el embrión pasa a denominarse feto —hasta el final de su vida intrauterina— y comienza a constituirse la placenta. Las funciones hormonales del ovario se van reduciendo progresivamente, hasta ser sustituidas por este órgano, que, a partir del cuarto mes, actúa exclusivamente. De esta forma, desde entonces, el oxígeno y todas las sustancias nutritivas para el feto serán absorbidas de la sangre materna a través del cordón umbilical y la placenta, que hasta el final del embarazo conservará la misma estructura general. Es también en esta época cuando comienza a desarrollarse el pelo, propio de los mamíferos.

Como hemos visto en el estudio del macrocosmos, el ciclo A-4 de nuestra hipótesis comprendía todo el desarrollo de los mamíferos placentados, desde los primitivos insectívoros hasta los modernos primates. Según nuestro esquema para el microcosmos, este ciclo se despliega desde la octava semana del embarazo hasta mediado el cuarto mes. La precisión vuelve a ser, pues, completa, tanto en el contenido como en el ritmo.

A partir del quinto mes de gestación, los procesos de los fetos humanos y de los póngidos se siguen manteniendo con características tan similares —por ejemplo, con los chimpancés, en forma y tamaño de la cabeza, peso del cerebro, posición del orificio occipital, distribución del pelo…— que, como hemos dicho, han llevado a S. J. Gould a proponer que la aparición de los homínidos se debe a un caso de neotenia en nuestros antepasados antropoides.

La previsión, en nuestro esquema para el microcosmos, de que entre la mitad del cuarto mes del embarazo y finales del sexto se despliega el ciclo A-5 —que en el macrocosmos, recordemos, desarrollaba primero los monos y luego los hominoides— resulta, pues, más que aceptable.  

El ciclo A-6 sería, entonces, el que desarrollaría las características específicas de la familia de los homínidos, y, aunque actualmente no sobrevive ninguna otra especie de esta familia aparte del Homo sapiens sapiens —y, por tanto, no podemos comprobar en vivo las similitudes que proponemos—, hay algunos indicios que señalan en la buena dirección, es decir, que las semejanzas serían aún mayores que con los póngidos. La clave que explica la paulatina diferenciación del ser humano respecto a nuestros parientes antropoides, radica en la progresiva ralentización de nuestro desarrollo, tal como se prevé en la pauta global que hemos planteado. De esta forma, aunque los seres humanos y los chimpancés tenemos más del 99% de los genes estructurales en común y un gran parecido en nuestras formas fetales, pequeñas alteraciones en los genes reguladores —los que controlan el tiempo de activación y desactivación de los genes estructurales—, alteran los ritmos de los procesos de crecimiento corporal y producen diferencias relativamente grandes en las formas adultas —cerebro, manos, piernas…— y en el comportamiento. Así, por ejemplo, el crecimiento y desarrollo retardados han permitido un desarrollo asombroso en la cerebralización del ser humano, al prolongar hasta la vida más tardía las tasas de crecimiento cerebral rápido característico de los fetos. O, del mismo modo, las extremidades inferiores de los seres humanos, que al nacer son similares a las de los grandes simios —se ha dicho que “los bebés son primates de piernas cortas”—, en nuestro caso siguen creciendo durante mucho tiempo, mientras que las de nuestros parientes los simios quedan relativamente atrofiadas en comparación.

Parece, pues, que debido a esta ralentización del desarrollo, las similitudes entre los neonatos humanos y los de los primitivos homínidos serían aún mayores que con respecto a los simios. Baste con citar el siguiente dato: mientras que los chimpancés alcanzan al nacer el 45 % de la capacidad craneal, y los seres humanos sólo el 23%, los australopitecinos se mueven en una tasa intermedia, en torno al 30 %. La duración de este ciclo A-6, según nuestro esquema de ritmos, se extendería desde finales del sexto mes de gestación, hasta poco después del noveno, coincidiendo prácticamente con el momento del parto. O, dicho de otra manera, cuando se va a iniciar el ciclo en el que comienza a aflorar la autoconsciencia, que ocasionó la expulsión de los homínidos de su “paraíso” de integración animal con la madre naturaleza, también se expulsa a la criatura humana del seno materno.

Tras el nacimiento, el bebé humano continúa con la ralentización de su proceso de desarrollo, hasta el punto que se ha llegado a decir que nuestro primer año lo pasamos como fetos extrauterinos. De hecho, somos el animal que crece más lentamente, y no hay ningún otro en el que el desarrollo completo se alcance a un intervalo tan prolongado después del nacimiento. Así, por ejemplo, el orangután, el gorila y el chimpancé crecen hasta los 11 años, mientras que el ser humano sigue desarrollándose hasta los 20. Este crecimiento retardado se expresa en la maduración tardía y la niñez extendida. Como dice S. J. Gould  en su libro Ontogenia y filogenia, este retardo ha reaccionado de forma sinérgica con otros dos sellos distintivos de la hominización: con la inteligencia —al agrandar el cerebro mediante la prolongación de las tendencias de crecimiento fetal, y al proporcionar un período más prolongado de aprendizaje en la niñez— y en la socialización —al consolidar las unidades familiares mediante un cuidado creciente de los padres a hijos que se desarrollan lentamente.

Por eso, a partir de este momento, vamos a hacer la comprobación de nuestra propuesta, tanto en este ciclo como en todos los siguientes, tomando como referencia la jerarquía de niveles psicológicos planteada concienzudamente por Ken Wilber a lo largo de toda su obra. Veamos el primero de esos  niveles, que, según nuestra trama de ritmos, debería corresponder al paso del ciclo A-7 al B-1, pues en el primero se gesta y en el siguiente se despliega.


Urobórico-cuerpo axial.
Poco tiempo después del nacimiento, la percepción del niño comienza a flotar en el llamado reino “urobórico” prepersonal. El uroboros es, aún, colectivo, arcaico y primordialmente oceánico, pero ya posee algún tipo de autolimitación. Cuando la sensación del yo infantil comienza a evolucionar del uroboros prepersonal hacia el organismo individual, vemos la emergencia y creación del yo orgánico y corporal. Al hablar de “cuerpo axial” se hace referencia, esencialmente, al hecho de sentir el cuerpo físico como algo distinto del medio ambiente. El niño tiene un cuerpo físico al nacer, pero no reconoce el cuerpo axial hasta alrededor de los cuatro o seis meses. En la medida en que el autoconscienciamiento del yo infantil ha comenzado a centrarse y distinguir su organismo individual, éste asimila la amenaza ambigua y todavía indefinida de la extinción. Por consiguiente, la supervivencia simple y breve adquiere un valor prioritario en esta etapa. Aurobindo llama a este nivel “físico”.

Esta etapa se corresponde con nuestro ciclo A-7 (y B-1), que abarca, aproximadamente, desde el nacimiento hasta el medio año de edad, y nos conduce a la emergencia del chakra Muladhara, cuyo tema característico es la “consciencia física”, y está relacionado con las sensaciones y las percepciones más simples del mundo material y con el instinto de supervivencia. En el macrocosmos, esta fase sería correlativa con la aparición de la autoconsciencia del Homo habilis. La precisión es, por tanto completa, tanto en el ritmo temporal como en el contenido.  


Cuerpo pránico.
Puesto que un yo orgánico determinado comienza a emerger, emergen también las emociones propias de dicho yo. Este componente emocional básico recibe el nombre de “nivel pránico” o “cuerpo pránico”. Aunque en esta etapa las emociones son aún bastante primitivas y elementales, el ego naciente ya adquiere consciencia de cualidades de placer y dolor, y, por eso, la búsqueda del placer y la evitación del sufrimiento se convierten en una fuerza psicológica fundamental en este período. Este nivel se caracteriza también por estar lleno de una sexualidad global todavía indiferenciada. Aurobindo denomina esta fase “consciencia vital”.

En nuestra hipótesis esta fase se corresponde con el ciclo B-1 (y B-2), que se desarrolla entre los 5,7 meses y 1,1 años, y que conduce a la emergencia del chakra Svadhistana, cuyo tema central es la “consciencia vital y sexual”. La correspondencia vuelve a ser clara. En el macrocosmos, esta etapa es correlativa con la del Homo erectus.


Cuerpo imagen.
La emergencia de la habilidad infantil para la creación extensa de imágenes marca un punto decisivo en el desarrollo. Cuando el niño va a cumplir los dos años logra imaginar objetos ausentes con gran precisión, lo que le permite ampliar enormemente su vida emotiva, pues la imagen es capaz de evocar los mismos tipos de emociones y sentimientos que el propio objeto o persona. Además, por primera vez, el niño puede experimentar emociones prolongadas, tanto de angustia —que no es más que miedo imaginado y, por consiguiente, mantenido— como de deseo —que no es más que placer imaginado. La imagen da pie a la satisfacción de los deseos y la reducción de la angustia.

En nuestra tabla de ritmos, esta etapa se corresponde con el ciclo B-2 (y B-3) que se desarrolla entre los 1,1 y los 2,1 años, y nos lleva a la emergencia del chakra Manipura, cuyo tema central gira en torno al deseo y la mente intencional. La precisión es, por tanto, completa.



Cognición social. (Mente preoperacional simbólica).
Entre los 2 y los 4 años el niño comienza a despertar a la representación simbólica. Un símbolo va más allá de una simple imagen, ya que mientras que las imágenes representan pictóricamente los objetos, los símbolos no los representan de manera figurativa, sino verbal. La emergencia y adquisición del lenguaje es, con toda probabilidad, el proceso más significativo del tramo de “salida” en el ciclo vital del individuo. El lenguaje y las funciones emergentes de pensamiento abstracto amplían enormemente el mundo afectivo y cenestésico del niño. A través del lenguaje uno puede anticipar el futuro, hacer proyectos y canalizar hacia el mañana las acciones del presente. Esto permite el comienzo de la sublimación de la energía emotivo-sexual del cuerpo, convirtiéndola en actividades más sutiles, complejas y evolucionadas. El autosistema, según avanza hacia la cognición y concienciamiento social, se enfrenta a la necesidad de pertenecer —y amar— a un grupo social mayor que el yo corporal individual.

Esta fase se corresponde con el ciclo B-3 (y B-4) de nuestra hipótesis, que se desarrolla entre los 2,1 y 3,6 años, y que conduce a la emergencia del chakra Anahata, cuya característica gira en torno a la “vida afectiva”. La correspondencia vuelve a ser muy clara, tanto en ritmo temporal como en contenido.


Egoico/persónico temprano. (Mente preoperacional conceptual).
El niño comienza a trasladar su identidad central a los reinos verbal y mental. Habitualmente, entre los 4 y los 7 años, va descubriendo el mundo de las representaciones conceptuales. Un concepto es un símbolo que no sólo representa un objeto o un acto, sino una clase de objetos o de actos. El niño, aunque en esta fase todavía no puede operar sobre esas representaciones conceptuales ni coordinarlas, ya dispone de un ego mental bastante coherente, que se diferencia del cuerpo, trasciende el simple mundo biológico y, por consiguiente, puede operar hasta cierto punto en ese mundo biológico y en el mundo físico anterior, utilizando los instrumentos del simple pensamiento representativo. Es el nivel que Piaget denomina “intuitivo preoperacional”.

En nuestra hipótesis, esta etapa se corresponde con el ciclo B-4 (y B-5) que se desarrolla entre los 3,6 y los 6 años, y conduce a la emergencia del chakra Vishuddha, cuyo tema característico  es la “expresión psicológica” La correspondencia vuelve a ser más que aceptable.



Egoico/persónico medio. (Mente operacional concreta).
El conjunto de la tendencia señalada en el ciclo anterior, se consolida con la emergencia —habitualmente a partir de los 7 años— de lo que Piaget denomina “pensamiento operacional concreto”, es decir, la convicción de poder operar en el mundo concreto y en el cuerpo mediante el uso de conceptos. Este nivel mental, que domina la etapa media ego/persona, no es capaz de imaginar relaciones posibles o hipotéticas, ni todavía puede operar sobre sí mismo. Sin embargo, a diferencia de su predecesora —la mente representativa—, la mente operativa concreta puede comenzar a asumir el rol de los demás. Se trata también de la primera estructura que realmente puede llevar a cabo operaciones regladas, tales como la multiplicación, la división, la clasificación, la jerarquización, etcétera.

Esta fase se corresponde con el ciclo B-5 (y B-6) de nuestra tabla de ritmos, que se desarrolla entre los 5,9 y 9,3 años, y que conduce a la emergencia del chakra Ajna, cuya característica central es la “vida intelectual”. La correspondencia es, una vez más, muy clara.



Egoico/persónico avanzado. (Mente operacional formal).
En el período de adolescencia, etapa ego/persona posterior, otra diferenciación extraordinaria comienza a tener lugar. En esencia, el yo empieza simplemente a diferenciarse del proceso de pensamiento concreto, y al diferenciarse, el yo puede hasta cierto punto trascenderlo, y, por consiguiente, operar en el mismo. No es sorprendente, pues, que Piaget denomine a esta etapa “operacional formal”, ya que le permite a uno operar en su propio pensamiento concreto —pensar sobre el pensamiento—, es decir, trabajar con objetos formales o lingüísticos, así como con los físicos o concretos. Se trata del primer nivel claramente autorreflexivo e introspectivo, que puede ocuparse del pensamiento subjetivo y que es capaz de imaginar posibilidades que no están presentes, así como de realizar razonamientos hipotético-deductivos o proposicionales, lo cual, entre otras cosas, permite asumir realmente puntos de vista plurales y universales. Esta etapa comienza a emerger en torno a los 12 o 13 años.

Ken Wilber, en su libro Después del Edén, divide este período “egoico/persónico avanzado”, del que estamos hablando, en tres fases: la inferior (que abarca la Edad Antigua hasta el año 500 a. C.), la media (desde el 500 a. C. hasta el 1500 d. C.) y la superior (desde el 1500 hasta el siglo XX), que se corresponden, exactamente, con nuestros ciclos B-6, B-7 y C-1.

La fase inferior de esta etapa de “pensamiento operacional formal”, como acabamos de decir, se corresponde en nuestra hipótesis de ritmos con el ciclo B-6 (y B-7), que se desarrolla entre los 9,3 y los 14,3 años —coincidiendo exactamente con el surgimiento en la adolescencia de esta modalidad de pensamiento—, y trae consigo la emergencia del chakra Sahasrara, cuya característica gira en torno a la “energía espiritual”, surgida en la “edad axial”, en sintonía con las capacidades autorreflexivas, introspectivas y subjetivas de este nivel. La correspondencia vuelve a ser muy clara.

La fase media de esta etapa de “pensamiento operativo formal”, como hemos dicho, se corresponde en nuestra trama de ritmos con el ciclo B-7 (y C-1), que se desarrolla entre los 14,3 y los 21,9 años, y conduce a la emergencia del chakra Muladhara, cuyo tema central está relacionado con el logro de objetivos materiales, en un mundo prioritariamente físico. Todo lo cual se corresponde bien con el paso del “idealismo” propio de la juventud, al “pragmatismo” de la incipiente madurez. Es aquí cuando —coincidiendo con la opinión de Wilber— se inicia el trayecto de “retorno”.

La fase superior de esta etapa de “pensamiento operativo formal” —a la que Wilber denomina “ego maduro”—, como hemos dicho más arriba, se corresponde con el ciclo C-1 (y C-2), que se desarrolla entre los 21, 9 y los 29,5 años, y conduce a la emergencia del chakra Svadhistana, cuya característica básica gira en torno a la conservación y la difusión de la vida. Todo lo cual sintoniza claramente con la creciente sensibilidad ecológica en esta etapa de la vida.

En el ciclo C-2, entre los 29,5 y los 32 años, el individuo desarrollaría, pues, la llamada “mente pluralista”, que pone el énfasis en las relaciones, en el diálogo, en las redes, en la diversidad, en el multiculturalismo, en la relativización de los valores, en el respeto y cuidado por la vida, lo que define, en conjunto, el emergente paradigma ecológico. Estaríamos entrando, así, en una estructura cognitiva superior al pensamiento operativo formal. Este nuevo nivel, al que se ha denominado “integrador”, “sintético creativo” o “visión-lógico”, no se limita a establecer relaciones lineales, sino que organiza redes de relaciones. Es decir, lo mismo que la mente operativa formal “opera con” la mente operativa concreta, la mente visión-lógico “opera con” la mente operativa formal. De este modo, el nivel visión-lógico o panorámico aprehende una red masiva de ideas, y sus relaciones e interrelaciones mutuas. Esta estructura constituye, pues, el inicio de una capacidad superior de sintetizar, establecer conexiones, relacionar verdades, coordinar ideas e integrar conceptos.

Esta nueva estructura cognitiva, según nuestra hipótesis se desplegará a nivel colectivo en el ciclo C-3, que comenzará a emerger dentro de un siglo, y en los seres humanos individuales podrá aflorar en torno a los 32 años. La comprobación de todo esto, así como de las previsiones de ciclos sucesivos, habrá que dejarla para generaciones futuras. Lo que se desprende de nuestra tabla periódica, es que en torno al año 2217, los seres humanos de unos 33 años —como Buda, como Cristo— podrán alcanzar la plena realización espiritual en la Cumbre de la evolución. Al final del camino, se descubrirá la Realidad definitiva, que, lejos de ser una etapa más, resultará ser, sorprendentemente, la sustancia misma de todas las etapas recorridas, es decir, que no se alcanzará un nivel nuevo, sino que se percibirá que, de hecho, nunca hemos salido de esta Realidad total que es, y siempre ha sido, nuestra Identidad última.



Habiendo cotejado nuestra hipótesis de ritmos de la evolución y del desarrollo, tanto con los datos referentes al macrocosmos —paleontológicos, antropológicos e históricos— como al microcosmos —embriológicos y psicológicos—, y habiendo comprobado la completa precisión de lo previsto, tanto en lo que respecta a la cronología de los ciclos como en lo relativo a su contenido —sintonizado con la jerarquía de los chakras—, resulta palmariamente evidente que no podemos hablar de “casualidad”. Rotundamente: en la evolución hay gato encerrado.

Desde el paradigma materialista todo esto resulta inconcebible. No encaja en absoluto con muchos de los dogmas centrales de la ciencia oficial. Pero los hechos están ahí. Y ya no cabe mirar para otro lado. Desde aquí, se hace una invitación a cualquiera a buscar alguna explicación a toda esta avalancha masiva de “casualidades” en cadena en ámbitos diferentes y coordinados estrechamente.

Vamos a esbozar ahora, telegráficamente, nuestra propuesta “filosófica” para entender el sentido último de todo lo que hemos visto hasta aquí.

Toda la realidad manifestada aparece, inexorablemente, en forma de dualidades. No es posible ninguna expresión fuera del juego de los opuestos. No cabe encontrar sonido sin silencio, ni sujeto sin objeto, ni dentro sin fuera. Todos los contrarios son mutuamente dependientes, y, por tanto, podemos entenderlos como manifestaciones polares de una realidad que los trasciende, y que es “previa” a esa dualización.

En varios de los gráficos que hemos utilizado, por ejemplo las figs. 7-A y 7-B, podemos ver cómo la trayectoria evolutiva parte de un polo de máxima energía (y prácticamente nula consciencia) y termina en otro polo de máxima consciencia (y prácticamente nula energía). Los físicos hablan de una energía potencial infinita en el vacío cuántico original, y los sabios hablan de una consciencia diáfana infinita en el vacío místico final. Nosotros proponemos que esos dos vacíos son la misma y única Vacuidad, percibida por los físicos de forma objetiva y por los contemplativos de forma subjetiva, pero que, en sí, no es objetiva ni subjetiva, sino “previa” a esa perspectiva dual. Y lo fascinante es que esa Vacuidad no es una realidad metafísica lejana, sino la simple y pura Autoevidencia de cada instante presente.

Pues bien, como en esa Autoevidencia no hay separación de sujeto y objeto, no es posible verla, porque no es “algo” que pueda ser visto por “alguien”, pero tampoco es “nada”, porque, de hecho, todas las cosas del universo —objetivas o subjetivas— no son sino formas parciales y relativas de esa Autoevidencia. Y aunque es, por tanto, inefable, podemos apuntar hacia Ella, hablando de plenitud vacía y autoluminosa.

Para “verse” la Autoevidencia necesita polarizarse, al menos aparentemente, en sujeto y objeto, como el 0 puede dualizarse en +1 y –1 sin cambiar, más que formalmente, su valor absoluto. Decimos esto, porque nuestra propuesta última es que la Autoevidencia, para contemplarse, se desdobla aparentemente en los polos original (básicamente de energía) y final (básicamente de consciencia), generando una distancia ilusoria entre ambos, que al vibrar —como la cuerda de guitarra de nuestra hipótesis— da lugar a toda una gama de armónicos, que son precisamente los niveles de estabilidad que ocasionan los ciclos de la evolución que hemos estudiado, que van recorriendo toda la gama desde los más básicos —de enorme energía y poca consciencia— a los más elevados —de poca energía y enorme consciencia—, y que canalizan de forma armoniosa el llamado juego del azar.

Vistas las cosas desde esta perspectiva, toda la avalancha de “casualidades” que hemos expuesto, que para el enfoque materialista son completamente inconcebibles, aquí resultan manifestaciones naturales de lo-que-Es. O el carácter teleológico o finalista de la evolución, tan denostado por la ciencia oficial, aquí se comprende como expresión lógica de la estructura fundamental de lo Real. O el progresivo surgimiento de la consciencia, que en múltiples ocasiones es olvidado por completo en muchas ramas de la ciencia, en nuestro enfoque no-dual aparece como un simple afloramiento de la infinita lucidez de la Autoevidencia siempre presente. ¿No será hora ya de cambiar de paradigma?

Lo dicho: ¡bye-bye, Darwin!

Un abrazo a todos.

José                      



Bibliografía citada

GOULD, STEPHEN JAY: Ontogenia y filogenia. (Ontogeny and philogeny). Ed. Crítica. Barcelona, 2010.
LASZLO, ERVIN: Evolución: la gran síntesis. (Evolution: the grand synthesis). Ed. Espasa-Calpe. Madrid, 1988.
RUSSELL, PETER: El agujero blanco en el tiempo. (The white hole in time). Ed. Gaia. Madrid, 1992.
SATPREM: Sri Aurobindo o la aventura de la consciencia. Ed. Obelisco. Barcelona, 1984.
WILBER; KEN: El proyecto Atman. (The Atman Project). Ed. Kairós. Barcelona, 1989.
WILBER, KEN: Después del Edén. (Up from Eden). Ed. Kairós. Barcelona, 1995.